No caminemos con distancias ajenas

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Autor: José Félix Sanz Juez
Fuente: Revista Polibea, No. 63, Año 2002.
Publicado en el Boletín Paso a Paso Vol. 20 No.3/Marzo - Mayo 2010.

Cuando tomamos una decisión y la inteligencia, tras un análisis, nos permite esclarecer la luz o la sombra, ese viaje entre las dudas nunca es solitario, sino que se alimenta, inevitablemente, en el líquido voraz y variable de las emociones.  La emoción nutre de argumentos  a la razón, no hay posibilidad de tomar una decisión correcta si ésta no nos deja internamente satisfechos.  La inteligencia  nunca es pura, las certezas bailan sobre los sentimientos provocando altibajos que inclinan la balanza hacia aquel lugar que nuestro ánimo determina.

En cambio, tendemos a pensar que son la inteligencia, el razonamiento, los argumentos exclusivamente dirigidos al cerebro, los que deciden la dirección de nuestros actos.

En la discapacidad esto se evidencia de una manera diáfana.  Nadie se acerca a la discapacidad por la emoción, a nadie le atrae, pocas personas le tienen afición.  Todos los que participan en la discapacidad lo hacen por estricta necesidad, obligados por tener ellos mismos, algún familiar o desempeñar su trabajo en este campo.

Los que emocionalmente encuentran aquí razones para el disfrute son tildados de bichos raros, cuando no de enfermos. ¿Quién va a ser feliz, tener sentimientos agradables y positivos en medio de la discapacidad?  El pensamiento nos dice que el sentimiento ha de ser de rechazo, o de lástima, nunca de agradable  y positiva relación.

Pienso, o mejor dicho siento, que las circunstancias que envuelven las razones no cuentan con la tenue certeza que ilumina el corazón.

No tiene por qué haber dolor en el cuerpo sentado, ni angustia en el cerrado párpado, no hay temor, ni soledad en la mente serena.  No es triste la discapacidad, lo triste es la idea que tenemos de la discapacidad.

Lo triste es la ineptitud para la comunicación y lo inútil es poner barreras a la liberación y al vuelo.

Disfrazamos con la necesidad el gesto voluntario y colocamos distancias ajenas que distraen el propio impulso.  Convendría liberar los corazones aturdidos y disfrutar los próximos instantes con la frescura de una nueva mirada.

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