Evaluación funcional de problemas conductuales en el salón

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Autor: Robert A. Gable, Constance and Colgate Darden Professor of Education (Norfolk, Virginia).
Traducido y publicado con la autorización del autor.
Publicado por Paso a Paso Vol.14 Nº 2



Pocos docentes disputarían el hecho que no todos los niños llegan al colegio listos para aprender. Las razones para esta brecha en disposición son múltiples y variadas. Por ejemplo, la población en edad escolar es cada vez más heterogénea. Debido a tanta diversidad de procedencia y experiencias, los alumnos difieren en su habilidad para responder al ambiente tradicional del salón. La rutina general, expectativas del alumno y/o la calidad de la relación docente/alumno a veces se enfrenta a los patrones de interacción familiar y las normas comunitarias.

A algunos alumnos se les dificultan las destrezas sociales/interpersonales o de manejo personal necesarias para desempeñarse exitosamente en el colegio. Otros pueden haber padecido una estricta disciplina parental o sufrieron las consecuencias de abuso físico, conflictos matrimoniales o dificultades económicas. Finalmente, los estresores específicos del alumno (por ejemplo, ansiedad o depresión) pueden dejar secuelas. En resumen, el personal de la escuela se enfrenta a numerosos retos para asegurar resultados educativos positivos para sus alumnos.

Inicialmente el sistema de escolaridad pública estadounidense fue establecido para darle a los niños la oportunidad de obtener una educación, una tarea que siempre ha realizado bien (Van Acker, 2004). Sin embargo, a lo largo del tiempo numero-sas fuerzas han convergido para cambiar drásticamente ese rol. Ya no es suficiente simplemente ofrecer a los alumnos oportunidades educativas. En la actualidad la expectativa es que todos los alumnos se beneficiarán de su escolaridad y lograrán resultados positivos (Van Acker, 2004). Entre las señales más visibles de ese cambio de responsabilidad es la importancia que se otorga a los exámenes estandarizados y al progreso académico de los alumnos. Por consiguiente, tanto los administradores como el personal docente están prestando mayor atención a la relación entre aprendizaje en el salón y los problemas conductuales.

Aprendizaje en el salón y problemas conductuales

Cuando un alumno manifiesta un problema de aprendizaje, los maestros apelan a una serie de estrategias relativamente sencillas. Bien sea independientemente o consultando con colegas, intentan identificar el problema con exactitud. Los maestros evalúan en forma rutinaria, bien sea de manera formal o informal, analizan cuidadosamente el cúmulo de datos, y seguidamente hacen las adaptaciones específicas al currículum o a la instructión o a ambos. Por ejemplo, si Ellen tiene dificultad aplicando un algorítmo para resolver un problema matemático, su maestro podría hacerle una entrevista diagnóstica para identificar la naturaleza exacta del problema. "Ellen, vamos a resolver estos tres problemas; quiero que los resuelvas en voz alta, nombrando los pasos que tomarías para resolver cada uno." Con la información obtenida observando a Ellen en el proceso de resolución del problema, el maestro es capaz de diseñar un programa de instrucción para corregir los errores en el aprendizaje.

En comparación, cuando surge un problema de conducta, como cuando Ellen se niega a cumplir con una instrucción "Deja de entretenerte y termina tu trabajo," su maestra probablemente aplique algún tipo de consecuencia negativa, como un regaño verbal o una acción disciplinaria. La mayoría de los alumnos responden en forma positiva a este tipo de medida. Sin embargo, para algunos alumnos, estas acciones no logran el resultado deseado y pueden de hecho exacerbar una situación que ya es difícil (Gable et al., 2004).

Hoy en día, se acepta cada vez más que las prácticas disciplinarias tradicionales con frecuencia no resultan en cambios de conducta positivos, especialmente para alumnos que presentan problemas conductuales significativos. De hecho, hay un cuerpo de evidencia convincente que indica que imponer sanciones negativas en casos de conductas inaceptables puede disparar mayores niveles de incumplimiento de normas, desafío de autoridad o vandalismo escolar - problemas que las escuelas están tratando de mejorar. Cada vez más, el personal de las escuelas está aprendiendo que es más efectivo responder de manera proactiva a los casos recurrentes de conductas inapropiadas utilizando un método conocido como Evaluación Conductual Funcional (Functional behavioral assessment).

El proceso de Evaluación Conductual Funcional se basa en tres afirmaciones sencillas: no podemos arreglarlo hasta que conozcamos por qué se rompió; nadie deja de hacer algo sin tener un motivo para hacerlo; no hay una solución única que se ajuste a todos. Es decir, no podemos determinar como mejor responder a un problema hasta conocer la razón (o razones) que lo motivan; no podemos esperar que los alumnos abandonen ciertos comportamientos que sirven una función particular a no ser que les demos una respuesta alternativa; y finalmente, debido a que los alumnos se enganchan en conductas inapropiadas por múltiples razones, es poco realista asumir que la misma solución aplicará igualmente a cada problema. Al contemplarlos conjuntamente, estos principios relativamente sencillos marcan la pauta para atender las necesidades diversas de los alumnos con conductas desafiantes.
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La Evaluación Conductual Funcional (ECF) en los colegios

La normativa federal IDEA (Individuals with Disabilities Education Act), implementada en 1997, establece que bajo ciertas circunstancias el personal de la escuela deberá abordar la conducta de los alumnos utilizando una Evaluación Conductual Funcional y un programa de intervención conductual positiva. Se estipula que las escuelas están en la obligación de iniciar una ECF en casos de drogas, armas o conductas peligrosas o cuando el problema conductual del alumno impide el aprendizaje del alumno o de sus compañeros. Cambios recientes en IDEA (2005) reafirman esta expectativa.

La lógica que respalda la Evaluación Conductual Funcional es muy sencilla. A saber, que practicamente todo comportamiento del alumno satisface una necesidad o sirve una función (por ej. evitar tareas difíciles, llamar la atención de los compañeros, expresar frustración), y se relaciona con el contexto en el cual ocurre (por ej. el salón de inglés o geografía). Por lo tanto es esencial conocer la motivación del alumno para determinar la mejor forma de eliminar el comportamiento que dificulta la instrucción. Si podemos predecirlo, lo podremos controlar (Gable et al., 2004).

El lenguaje utilizado en la legislación federal sugiere, si bien no especifica, que la evaluación funcional conductual es un proceso de resolución de problemas en equipo. Su éxito radica en la utilización juiciosa de varias estrategias (por ej. revisión del expediente, observación directa, entrevistas estructuradas) para identificar la razón (razones) detrás del problema de conducta del alumno y elaborar un plan de intervención en dos vertientes. El plan busca a.) reducir o eliminar la conducta inapropiada y b.) promover una conducta de reemplazo más apropiada.

Se enfatiza la identificación de aquellos variables que, por separado o conjuntamente, se vinculan en forma predecible a la manifestación (o no manifestación) de la conducta. Al identificar las condiciones en que la conducta probablemente ocurra, el personal escolar puede tomar medidas para atacar el problema, tales como eliminar del entorno aquellos disparadoras que provocan la conducta (por ejemplo, variar la composición del grupo), enseñarle al alumno directa y sistemáticamente una respuesta más aceptable (por ejemplo, demonstrando y haciendo rol play de cómo pedir ayuda), y/u ofrecer un incentivo para que el alumno responda en forma más apropiada (por ejemplo, tiempo en el computador). Independiente de cual sea el plan, deberá incluir una dosis generosa de paciencia y optimismo. La mayoría de los problemas pueden resolverse, pero pocos se desvanecen de forma inmediata o sencilla.

Pasos para realizar una Evaluación Conductual Funcional

Usualmente el equipo que realiza la Evaluación Conductual Funcional lo hace siguiendo los siguientes diez pasos (Gable et al., 2004):

1. Determinar la severidad del problema que requiere una ECF.
2. Definir el problema en términos cuantificables, observables y objetivos.
3. Compilar data con la cual se pueda identificar la probable función (funciones) del comportamiento (por ej., captar la atención, evitar una situación aversa, expresar ira o frustración).
4. Organizar la información compilada y someterla a un análisis exhaustivo.
5. Generar una hipótesis (motivación) sobre la probable función (funciones) de la conducta - bajo las condiciones X (por ejemplo, una tarea difícil), el alumno hace Y (por ejemplo, se altera), para lograr Z (por ejemplo, que lo saquen del salón).
6. Corroborar la exactitud de la hipótesis, usualmente manipulando en forma sistemática algún aspecto del currículum o de la instrucción (cambiando la tarea asignada o el tema).
7. Desarrollar e implementar un plan de intervención conductual (Behavioral Intervention Plan).
8. Monitorear la fidelidad en la implementación del plan (por ejemplo, utilizando una lista de control).
9. Evaluar la efectividad del plan.
10. Revisar con ojo crítico el impacto del plan original y hacer ajustes, según sea necesario.

Conclusión

En las escuelas de todo el país aumenta la presión sobre el personal de los colegios para lograr resultados positivos con todos los alumnos. Es reconfortante saber que existen numerosas prácticas que los docentes pueden aplicar para crear un entorno efectivo de enseñanza/aprendizaje. En esas escasas ocasiones en que estas estrategias no logren producir el efecto deseado, una opción comprobada es la de realizar una evaluación conductual funcional y desarrollar un plan de intervención conductual, y, al hacerlo, darle a los alumnos una nueva oportunidad para lograr una educación significativa.

Referencias

* Gable, R.A., Quinn. M.M., Rutherford, R.B., Howell, K., Hoffman, K. & Butler, C.J. (2004).
* Conducting a functional behavioral assessment and developing a positive behavioral intervention plan. Washington, D.C.: American Institutes for Research.
* Van Acker, R. (2004). Current status of public education and likely future directions in teacher preparation in the area of emotional/behavioral disorders, (p. 79-93). In L.M. Bullock & R.A. Gable (Eds.), Quality personnel preparation in emotional/behavioral disorders: Current perspectives and future direction. Denton, TX: University of North Texas Press.
Para obtener mayor información sobre la ECF, visitar la página del Center for Effective Collaboration and Practice (
http://cecp.air.org).

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