Diálogo de Pareja

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Un niño con necesidades especiales no hace que un matrimonio se desintegre, lo que separa es no compartir nuestros sentimientos.”

 

 
Independientemente de lo bien avenida una pareja y de qué tanto se ame, ante la llegada de un hijo con necesidades especiales cada uno enfrenta la situación según su propio estilo. El impacto de una noticia tan devastadora hace que cada quien se vea absorto en sus propias necesidades y sentimientos, al punto de no ser capaz de ver más allá ni de captar las necesidades del otro. Las presiones externas – diferencias de opinión, presiones económicas, reacciones de familiares y amigos, otros hijos, agotamiento – contribuyen a exacerbar aún más la situación. Los cónyuges, antes tan cercanos, tan interdependientes, enfrentan un aislamiento tormentoso y aterrador.

 

Lo que agrava aún más la situación es la dificultad para hablar de ella. Los padres, atorados en su propio marasmo emocional, sienten demasiado dolor, culpa, enojo para poder expresarlo en palabras y tienen mucho miedo de herir al otro si permiten que se abra una compuerta en su propia represa emocional. Incluso los tiempos de cada quien parecen interferir con el diálogo: cuando el ánimo de uno está arriba – realista, optimista, dispuesto a hablar – el otro generalmente se encuentra sumergido en las profundidades de la depresión; viven en un sube y baja emocional. Quizá esta situación facilite el vivir de cada día en la medida en que la pareja se turna para llevar el paso de la situación, pero no es algo que promueva la comunicación.

¿Qué es la comunicación?

 

Todos los matrimonios se comunican, verbalmente o no, para bien o para mal; así que la afirmación de que en una pareja debe de haber comunicación no dice, en realidad, mucho. “Pásame la mantequilla” es una forma de comunicación; “Eres un inútil”, también es comunicación. La esposa que acaricia amorosamente la espalda de su marido sin decir una palabra también se está comunicando; lo mismo cabe decir de las miradas silenciosas, las expresiones de disgusto, etc. Al hablar de comunicación me refiero a la comunicación auténtica; aquella que emana de lo más profundo de nuestro ser y que nos lleva a exponer ante el otro nuestras partes más recónditas, las cuales sólo es posible expresar a través de los sentimientos.

 

“La mayor parte del tiempo no nos comunicamos, sólo tomamos turnos para hablar”

 

La forma en que una pareja se comunica es uno de los factores más poderosos en el éxito o fracaso de una relación, y la interrupción en la comunicación es el principal motivo de divorcio. Las parejas bien avenidas mantienen abiertos los canales de comunicación, es decir, escuchan con respeto y aceptan las opiniones y sentimientos del otro aun cuando no estén de acuerdo; estas son formas efectivas de comunicación que permiten tratar los problemas, satisfacer necesidades, evitar malos entendidos e intimar emocionalmente.

 

Ahí donde la comunicación verbal es insatisfactoria la verbalización asume la forma de “discursos”, son parejas que hablan mucho pero dicen poco; intensas luchas de poder llegan a dominar la relación y ambos se culpan, juzgan y desacreditan. Nada pone más distancia en una relación que las evaluaciones, juicios, críticas y acusasiones. Estos patrones inefectivos de comunicación hacen que la pareja malinterprete los motivos, no satisfaga sus necesidades mutuas ni resuelva sus problemas, y la hostilidad y el resentimiento irán en aumento. La comunicación verbal insatisfactoria identifica una relación que se desmorona.

 

Las tres habilidades básicas de la comunicación son:

 

Verbalizar los sentimientos
Las primeras lecciones en la protección de nuestros sentimientos nos enseñan a medir con cautela lo que se puede o no compartir. Esta actitud de protección de nuestros sentimientos, perpetuada a lo largo de toda una vida, nos enseña que es más fácil eludir y reprimir los sentimientos que aprender a contactarlos para expresarlos.

 

¿Por qué las parejas temen tanto darse a conocer? El temor a la cercanía emocional surge del temor al rechazo, del miedo a que lo revelado sea usado en su contra, a no ser comprendido, o a que lo expresado se interprete como una acusación; la crítica es lo que suscita el temor.

 

Lo más importante, cuando se trata de “comunicarnos”, es hablar desde nosotros mismos; un mensaje que emana desde el “Yo siento…”, “Yo pienso…”, “Yo…” tiene más posibilidades de ser escuchado porque no contiene elementos degradantes ni culpabilizadores, tampoco dice al otro qué debe hacer; la expresión deja de ser amenazadora puesto que simplemente expresa cómo nos sentimos con respecto de una situación determinada sin atacar, ridiculizar o criticar. Lo así expresado no puede ser ignorado ni negado, se trata de un hecho desnudo que exige ser enfrentado y que promueve la comunicación franca y directa. Esta postura garantiza un proceso constructivo de relación.

 

Lo que dificulta el hablar desde el “YO” es que el hacerlo exige estar en contacto con nuestros sentimientos, y el miedo al rechazo, la crítica, a no ser comprendidos hace que antes que arriesgarnos a compartirlos aprendamos a hacer caso omiso de ellos o a no escucharlos, y en esa medida llegamos hasta olvidar que existen.

 

La intimidad emocional es el fruto que emana de la “comunicación auténtica”; sin embargo este tipo de cercanía emocional conlleva riesgos: se comparte nuestro ser más íntimo y, por lo tanto, más vulnerable. La intimidad emana de la confianza plena, la cual se desarrolla con el tiempo; sólo la confianza nos permite poner en manos de la pareja nuestros sentimientos, temores y necesidades más profundos, pues sabemos que van a ser recibidos con afecto, aceptación y respeto.

 

Escuchar
Escuchar es algo más que percibir lo que se dice. Involucra estar atento, concentrado en el otro; es olvidarse de sí mismo para ser, temporalmente, el otro; es incluso saber guardar silencio; es hacer que quien habla se sienta especial, apreciado y valorado.

 

Escuchar, es el amor en acción.

 

Cuando se escucha activamente, primero se “escuchan” los sentimientos del otro y sólo después se procesa la información; es mediante la percepción y aceptación de los sentimientos mutuos que se encuentran las soluciones. El que la pareja pueda expresar sus sentimientos y recibir comprensión, en lugar de censura, es un paso gigantezco hacia la intimidad.

 

Actuar con respeto y aceptación.
La intimidad emocional es una calle de dos vías: exponer los sentimientos es sólo la midad, la otra mitad es respetar y aceptar abiertamente los sentimientos compartidos; la verdadera intimidad require una aceptación sin límites. Al abstenernos de compartir abiertamente nuestros sentimientos presentes puede que evitemos el ser lastimados pero también nos privamos de la cercanía emocional: las penas pasadas y presentes se vuelven más soportables cuando se comparten con el ser amado.

 

Lo que mantiene unido a un matrimonio es la amistad. Con el amigo se generan lazos de confianza, lealtad, franqueza y proximidad; el amigo escucha atentamente, olvida pronto los malentendidos y respeta los sentimientos del otro. Un amigo es alguien con quien se puede compartir lo bueno y lo malo, las esperanzas y temores, los goces y aflicciones; el amigo se preocupa desinteresadamente por el otro, procura lo mejor para él y no juzga ni critica.

 

La entrega de nuestros sentimientos más profundos provoca, casi inevitablemente, una confesión similar en el interlocutor. Uno de los detalles más afortunados de este tipo de comunicación es que puede ser desencadenado por un solo miembro de la pareja; incluso cuando la comunicación sólo se da parcialmente pueden surgir grandes posibilidades de que se consolide una relación liberadora y enriquecedora. No obstante, el deseo de intimar debe ser mutuo; si la comunicación sólo se da unilateralmente se esfuman todas las posibilidades de alcanzarla.

 

Cuanto menos sean los elementos ocultos en una relación, cuanto menos se escarbe en el pasado y más se explore el presente tanto más se nutre el crecimiento y el desarrollo de la pareja.

 

El estrés marital es normal y universal en las familias que enfrentan el proceso de aceptar y adaptarse a un niño con necesidades especiales, nadie debe sentirse derrotado ni sorprendido por el hecho de experimentarlo. La tensión generada por la presencia de un hijo con discapacidades puede debilitar el vínculo marital; sin embargo, la pareja que ha desarrollado un vínculo fuerte sobrevivirá a cualquier crisis.

 

Autores: Autor: Ana Cecilia Carvajal, Terapeuta Familiar 
Fuente: Ararú Nov.-Ene 94 
Publicado en Paso-a-Paso, Vol. 14 No. 1
 

 

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 La experiencia de convivir con los niños y las niñas, nos ofrece la oportunidad de poder observar las cosas de una manera diferente. Cuando nos encontramos con un niño o una niña feliz, los grandes problemas se hacen pequeños, el tiempo no existe, cuando sonríen es tan espontáneo y contagioso, que nos alegra a tal grado que participamos de su mundo mágico.

 
En general, los niños son seres dinámicos, quienes en forma espontánea y dada su propia actividad física y mental, son capaces de obtener del ambiente los elementos necesarios para lograr el conocimiento de ese medio y a la vez lograr su propia integración a dicho medio. Ellos se enfrentan con entusiasmo a las diferentes dificultades que tienen que ir superando en el área del lenjuage ó motora gruesa, por nombrar algunas y por selección y repetición realizan un verdadero aprendizaje. No rehusan el esfuerzo a realizar y el éxito es su mejor recompensa.

 

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