Amor sin Barreras: Abrirse a la diversidad

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Autora: Yolanda Muñoz González, investigadora social y candidata al doctorado en Estudios de Asia y áfrica en el Colegio de México  
Fuente: Revista Ararú, No. 38, Mayo-Julio 2002
Publicado en Paso-a-Paso, Vol. 21.3

Después del accidente que me produjo una lesión medular, durante mucho tiempo permanecí sin pareja. Salía con varios muchachos, pero nada se concretaba. Varios de ellos expresaron, abiertamente, que la silla de ruedas representaba el punto donde nuestros proyectos se bifurcaban. Al principio pensé que sólo se trataba de gente insensible, pero con el transcurso de los años comencé a sospechar que la discapacidad se había convertido en un obstáculo insalvable para encontrar una pareja.                       

Cuando comentaba esta inquietud con mis amigas sin discapacidad, el denominador común de sus comentarios era que ellas tenían las mismas dificultades que yo para relacionarse con los hombres: machismo, miedo al compromiso, infidelidad crónica y mucha violencia emocional de por medio manifestada, principalmente, a través de la abstinencia en la expresión de sus sentimientos.


Me di cuenta que en ese punto mi experiencia como mujer difería totalmente de la de ellas. Para mí estaba claro que la discapacidad se había convertido en el perchero donde los “prospectos de compañero” colgaban todas estas manifestaciones de miedo o de rechazo ante la idea de formar una pareja.

Fue solamente cuando comencé a relacionarme con otras mujeres con discapacidad que entendí que mis percepciones no eran del todo infundadas. Nuestras familias, incluso, tenían expectativas muy reducidas acerca de nuestra posibilidad de crear una pareja.

Diariamente nos enfrentábamos, además, a los estereotipos sobre la “belleza femenina” que resultan particularmente opresivos para nosotras. En una sociedad que bombardea a las mujeres con imposiciones que tienen que ver con la estatura, el peso, la forma de caminar y otras tiranías, las demás cualidades de la persona parecen tener una importancia meramente simbólica, material de sueños para románticos y románticas del planeta Tierra.

Así las cosas, comencé a reflexionar sobre la manera en que se había construido mi soledad. Como soy investigadora social, me puse a investigar la manera en que otros grupos sociales son marginados por sus características físicas. El racismo, por ejemplo, opera de manera muy similar a lo que algunos académicos estadounidenses y canadienses denominan “habilismo”, es decir, la construcción de privilegios y desventajas a partir de las habilidades físicas, intelectuales y/o sensoriales. Este “habilismo” estaba, a su vez, construido sobre la fantasía de que existen parámetros de “normalidad” en el ser humano. Una persona es “normal” si se ajusta a una serie de características medibles a través de estadísticas, de gráficas o de números. No ajustarse a estas características se convierte en sinónimo de monstruosidad, en un “fenómeno” que afecta el “correcto” funcionamiento de la sociedad.

Pese a todos estos razonamientos, admito que de alguna manera introyecté la idea de que las personas con discapacidad no somos deseables, dignas de respeto y tampoco tenemos capacidad suficiente para amar y ser amadas. Me relacioné con hombres que me recordaban sin cesar que no podían formar una pareja conmigo porque simplemente resultaba demasiado alejado de sus propias expectativas sobre la pareja. ¿Sabotaje inconsciente? Quizá. Lo cierto es que había hecho mías las imágenes negativas alrededor de la discapacidad.

Paralelamente, me rebelaba... ¿Es que las cosas no pueden ser diferentes? Pensaba que bastaría con un poco de sensibilidad, con un poco de lucidez para dejar de estar aislada. Ahora pienso que el cambio debe ser mucho más profundo y que debe involucrar a las estructuras claves de la sociedad.

Estoy convencida de que es cierto que compartimos la mayor parte de los problemas de las mujeres sin discapacidad: violencia doméstica y emocional, problemas para integrarnos al sistema laboral y educativo en términos equitativos, inaccesibilidad a los sistemas de salud, principalmente sexual y reproductiva. Pero es necesario que como mujeres con discapacidad aportemos reflexiones mucho más comprometidas con la manera como se construye el género femenino en la sociedad mexicana, principalmente los ideales de belleza y funcionalidad que colocan a todas las mujeres en posición de sentirse permanentemente insatisfechas con su propio cuerpo.

¿Un príncipe azul?... ¡Mejor todo el reino¡

Las mujeres con discapacidad estamos en una posición privilegiada para realizar lecturas más críticas sobre mensajes que asocian la delgadez o un cabello brillante con la autoestima. Es necesario asumir el compromiso de entender la belleza no como una cualidad, sino como una construcción social que, en nuestro entorno, está íntimamente ligada con el consumo y el sistema de producción de capital.

Nuestro deseo de construir una pareja o una familia no puede estar disociado del compromiso de construir una sociedad más justa e incluyente para todas las personas con discapacidad. Es cierto que en las condiciones actuales, tanto arquitectónicas como culturales, para la mayoría de los hombres resulta una carga onerosa formar una pareja con una mujer con discapacidad. Pero las cosas pueden cambiar. En otros países donde los problemas básicos se encuentran resueltos, es mucho más factible que las mujeres con discapacidad puedan relacionarse de manera saludable con un hombre y construir juntos un proyecto de vida. Esto se debe no sólo a que hay rampas; en países como Canadá la gente diariamente convive con las personas con discapacidad, ya sea en los cines, los parques, las universidades... La discapacidad, pues, es una condición humana que forma parte del mapa social.

En cambio en México, una sociedad machista/marianista gobernada por el “habilismo”, existen más hombres que mujeres con discapacidad que desarrollan su cotidianidad en pareja. La idea generalizada de que es la mujer quien se encarga de proporcionar cuidados, provoca que no existan contradicciones serias para que una mujer se haga cargo por completo de las necesidades básicas de su esposo. Esta misma construcción actúa en contra de las mujeres con discapacidad que, aparentemente, no son capaces de afrontar las labores domésticas o el cuidado de los hijos, por ejemplo. En este sentido, es importante reflexionar sobre la manera en que el género se construye en nuestro país; es decir, cuáles son los papeles socialmente impuestos tanto a hombres como a mujeres, y cómo la rigidez en los límites de estos roles conduce a un aislamiento que, en muchos casos, permanece incuestionado.

Si bien no podemos hacer nada para “modificar” nuestro cuerpo de manera que se ajuste a las exigencias de la sociedad, sí podemos hacer mucho para que la sociedad se ajuste a las exigencias de nuestros cuerpos. La búsqueda de una pareja no debe limitarse a la reproducción inopinada de un ideal sobre lo que se espera de toda mujer, sino que para nosotras puede representar la oportunidad de crear nuevas opciones para construir nuestra feminidad dentro de márgenes más amplios, es decir, dentro de una sociedad regida por una verdadera apertura a la diversidad.

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