La múltiple dimensión de la discapacidad intelectual

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Uno de los logros más espectaculares que ha conseguido la reflexión y la praxis en el mundo de la discapacidad intelectual es la persuasión de que la discapacidad, lejos de ser una realidad petrificada que rotula a una persona de modo indeleble, es una situación enormemente modulable si se deja penetrar y transformar por la acción decisiva de unos apoyos inteligentemente diseñados y aplicados. Pero esto requiere la secuencia de un proceso en el que hay que extremar la objetividad y la precisión.
 
Objetividad para establecer con serenidad y rigor un diagnóstico. Y precisión para determinar un conjunto de peculiaridades personales que van a determinar el ramillete de apoyos que se han de prestar.

 

Pero lo fundamental de este proceso es su intrínseca fluidez: se renueva constantemente. En efecto, los apoyos, bien ofrecidos y bien aprovechados, modifican las capacidades de la persona y elevan el nivel de su "estar" y de su "actuar" en el ambiente, haciendo que se muestre distinta, más dispuesta y más abierta para ejercer su influencia en la sociedad. Ello, a su vez, exigirá la necesidad de repensar los nuevos apoyos que se han de aplicar. Y así se va avanzando creciente y sucesivamente. En definitiva, la persona con discapacidad progresa, evoluciona, es sometida a esa tensión dinámica que caracteriza a la presencia de un ser humano en nuestro mundo.

 

Es cierto que, dentro la moderna visión de la discapacidad intelectual, la determinación del coeficiente intelec-tual (CI) sigue siendo un elemento útil que establece la pre-sencia de limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual de una persona. La inteligencia es considerada como una capacidad mental general, que incluye el razonamiento, la planificación, la solución de problemas, el pensamiento abstracto y la generalización, la comprensión de ideas complejas, la rapidez del aprendizaje, el aprendizaje a partir de la experiencia.

 

Pero la inteligencia en su globalidad no es simplemente aprender libros, ni es una habilidad académica estrecha, ni es responder con habilidad a los tests de inteligencia. Preferentemente refleja una capacidad más amplia y más profunda para comprender nuestro entorno, es decir, caer en la cuenta, captar el sentido de las cosas, resolver qué hacer. De este modo, el concepto de inteligencia representa un intento de aclarar, organizar y explicar el hecho de que los individuos difieren en su habilidad para comprender ideas complejas, para adaptarse eficazmente a sus ambientes, para aprender de la experiencia a desarrollar varias formas de razonamiento y superar obstáculos, mediante el pensamiento y la comunicación.

 

Pues bien, como afirma Greenspan, el concepto y por tanto el diagnóstico de discapacidad intelectual debe basarse en incompetencias demostradas, necesidades y vulnerabili-dades que hacen que los individuos sean vistos con una necesidad especial de apoyo y protección. El mismo autor considera que el CI es utilizado en exceso, es contextualizado en exceso, y refleja una visión estrecha que se limita esencialmente a la inteligencia académica. Propone un modelo de inteligencia tripartita que abarca no sólo lo que podríamos llamar el espacio académico de la inteligencia sino que refleja las habilidades prácticas y las habilidades sociales que corresponden a la inteligencia comunitaria; en definitiva, incluye a la conducta adaptativa dentro del constructo de inteligencia. Por consiguiente, la evaluación de la inteligencia debe incluir la inteligencia conceptual, la inteligencia práctica y la inteligencia social.

Esta visión, por tanto, no elimina o excluye el valor del CI como medidor de inteligencia, pero lo reubica para dar realce a otros componentes no menos decisivos en la deter-minación diagnóstica de la discapacidad. Gardner va aún más lejos cuando propone el modelo de hasta ocho inteligencias múltiples, relativamente autónomas y con distintos niveles de concreción en cada persona: lingüística, lógico-matemática, musical, espacial, corporal-cinética, naturalista, interpersonal e intrapersonal. A estas ocho añade una novena de carácter más espiritual. Estas inteligencias trabajan en combinación y son necesarias para explicar cómo los seres humanos adoptan diversos roles -poeta, cirujano, bailarín, artesano-. Gardner sostiene que las inteligencias son "construcciones científicas sólo potencialmente útiles" que sirven para describir y organizar las potencialidades humanas. Defiende que "la inteligencia no es una 'cosa' sino, más bien, un 'potencial' cuya presencia permite a una persona tener acceso a formas de pensamiento adecuadas para tipos de contenidos específicos".

 

A la vista de estos presupuestos, se deriva un nuevo modo de afrontar de manera práctica y positiva la discapacidad:

 

a) En un mismo individuo, las limitaciones coexisten a menudo con las capacidades. Esto significa que las personas con retraso mental son seres humanos complejos que poseen ciertos talentos junto con sus limitaciones, es decir, tienen puntos débiles y puntos fuertes. Como todos, hacen unas cosas mejor que otras. Incluso dentro de una limitación global en, por ejemplo, la conducta adaptativa, pueden tener algún punto fuerte en alguno de sus componentes. Es responsabilidad nuestra conocer los unos y los otros.

 

b) El objetivo ha de ser detectar y describir las limitaciones con el fin de desarrollar el perfil de los apoyos necesarios. Esto significa que no es suficiente con analizar únicamente las limitaciones de una persona. Su enumeración no es más que el primer paso del equipo evaluador para describir los apoyos individualizados que necesita esa persona para mejorar su funcionamiento. La etiqueta de retraso mental en una persona ha de conllevar un beneficio: la elaboración de un perfil de los apoyos necesarios.

 

c) Con estos apoyos personalizados y apropiados, mantenidos durante un periodo de tiempo prolongado, el funcionamiento vital de la persona con retraso mental mejorará por lo general. Esto significa que la persona con deficiencia mental tiene capacidad para mejorar: no es una condición cristalizada e irreversible, sino flexible y plástica. En algunas graves circunstancias, sin embargo, incluso los apoyos adecuados pueden mantener únicamente un funcionamiento mínimo o simplemente limitar su regresión.

 

De esta manera, la discapacidad intelectual es apreciada con una visión multidimensional. Contempla al individuo desde la perspectiva de cinco áreas o dimensiones que comprenden todos los aspectos del individuo y del mundo en que vive:

 

1. Las capacidades intelectuales;
2. La conducta adaptativa, que abarque estos tres elementos: las habilidades conceptuales, las habilidades sociales y las habilidades prácticas;
3. La participación, las interacciones y los roles sociales;
4. La salud;
5. El contexto: los ambientes y el patrón cultural.

 

Este modelo se hace operativo cuando un equipo describe las capacidades y las limitaciones para cada una de estas cinco dimensiones cuya descripción resulta clave porque va a servir para planificar los apoyos que mejorarán el funcionamiento diario. En esencia, emplea los tres componentes fundamentales: la persona, su ambiente, sus apoyos. Pero las cinco dimensiones se ven filtradas o incrementadas por la naturaleza y calidad de los apoyos que son los que van a determinar el funcionamiento individual de la persona. Con otras palabras, el funcionamiento de un individuo es contem-plado a través del prisma de los apoyos existentes. Los apoyos, pues, van a jugar un papel mediacional decisivo en el funcionamiento del individuo, por lo que valdrá la pena que los analicemos con más profundidad.

 

Fuente: Diario El Montañés (España), Octubre 05.
Autor: Jesús Flórez, Catedrático de la Universidad de Cantabria. Asesor de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria.
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