Silvia Molina, La escritora que no sabía leer.

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Autora: Dolores Carbonell

Fuente: Ararú. No. 31. Ago/Oct 00 (Versión resumida)

 


"Pensaba que era algo único, personal, y no entendía por qué me pasaba precisamente a mí". Así recuerda Silvia Molina la dislexia que marcó sus años de primaria. Cuando eso ocurrió, el Problema carecía de nombre y más aún de tratamiento adecuado. Para el resto del mundo, aquella niña simplemente "no daba el ancho".

Entré a la escuela en el año de 1953. Era una escuela bilingüe, francés-español. Y lo que recuerdo del colegio es que yo era la única niña en la clase a la que la maestra le cambiaba el lápiz de mano. La única, también, que tenía que repetir en voz alta: "de arriba abajo, de izquierda a derecha", para que entendiera, de una buena vez, que tenía que comenzar a escribir de izquierda a derecha, porque siempre empezaba al revés. Y lo peor del caso es que yo no sabía cuál era la izquierda y cuál la derecha...

Por eso volteaba con angustia a ver, de reojo, lo que hacían mis compañeras para imitarlo.

 

Luego la cosa empeoró. Me di cuenta que leía distinto. Ahí donde todo el mundo leía sopa, yo decía sapo. Así que reprobé segundo de primaria".

 

Las maestras creían, realmente, que no daba el ancho, se desesperaban, dudaban de la inteligencia de la niña y, para mayor comodidad, la mandaban a la última fila del salón.

 

Naturalmente, recuerda, "se fue gestando en mí un sentimiento de inseguridad, una culpa por algo que a ciencia cierta no sabía qué era. Y era tal mi angustia que empecé a aprenderme las cosas de memoria, todo lo que decía la maestra. Así que iba pasando de año así, confiada en la memoria, dándole el 'tin marín' en los exámenes de opción múltiple..."

 

La dificultad para leer de corrido se prolongó por años. "Si hacía un esfuerzo, quizá podía entender el 60% de un texto, no más. En quinto, aquello se volvió público y notorio: tenía evidentes problemas de aprendizaje, pero nadie sabía a ciencia cierta qué era lo que me pasaba.

 

"Unos decían que todo se debía a que no tenía papá y que esa era mi forma de protestar por ello. Otros, en cambio, pensaban que simplemente no ponía atención.

 

"En la casa, mis hermanos y mi mamá decidieron formar un frente común y ayudarme, así que todos se encargaron de mi educación. Y las cosas fueron para peor, porque en las tardes me hacían leer y escribir, hacer planas y dictados, repetir las palabras que me salían mal.

 

"Cuando alguno de mis hermanos me hacía leer en voz alta, se botaba de risa, asegurando que yo 'inventaba'. Yo, por mi parte, pensaba más bien que 'componía', porque había desarrollado una curiosa habilidad para 'suponer' lo que estaba escrito...

 

"Y así fui pasando de año. Entre otras cosas, aprendiendo las cosas de memoria, porque cuando lo hacía lograba alguno que otro éxito. Pero lo cierto es que ni sabía leer, ni acababa de entender lo que leía".

 

La intuición de la seño Soriano
Cuando entró al salón en el primer día de clases en la secundaria, la seño Soriano me dijo a bocajarro:

 

-Tú, El Platero, página siete.

Me quedé como una estatua, rogando al cielo que la de atrás reaccionara...

- Tú, te estoy hablando, ¿eres tonta o qué?

No hubo de otra, empecé a leer...

-Pero ¿qué haces en primero de secundaria? Creo que te me vas a ir a primero de primaria, pero ya.

Y yo, naturalmente, a llorar...para variar, y en la angustia.

"Pero la seño Soriano se arrepintió. De pronto me lanzó sus llaves. Yo tenía El Platero en la mano derecha, así que las caché con la izquierda...

- Otra zurda a la que le cambiaron los cables en la primaria. No te preocupes más, yo te voy a enseñar a leer.

 

"La seño Soriano no sabía cómo se llamaba mi problema pero de veras me enseñó a leer, con paciencia....

 

"Nadie supo nunca qué era lo que yo tenía. Lo único cierto es que la vida me cambió en primero de secundaria".{mospagebreak}

 

Hija de tigre...
"Nunca me enteré que existía la dislexia...hasta que tuve una hija disléxica. Y entonces me entró una gran angustia, porque me dije: 'pobre, tiene lo mismo que yo, qué horror'.

 

"Y como aún no sabía que aquello tenía un nombre, le bordé una pulserita a mi hija: a la G le puse bigotes de gato; a la P un piquito de pato; a la D una uñita de dedo; a la B orejas de burro.

- Cuando dudes, le dije esperanzada, ve tu pulserita.

"Pero pronto empezó a no querer ir a la escuela, así que visité a la psicóloga del colegio...

- No se angustie, dijo con toda la información en la mano, tiene dislexia. Le vamos a dar una terapia y todo va estar bien".

 

Paradójicamente...LAS LETRAS

 

Paradójicamente, las letras que tanto la hicieron sufrir de niña, y que luego amenazarían en convertirse en el coco de su hija, serían acompañantes permanentes - y hoy muy amadas- de Silvia Molina, quien asegura que fue hasta la prepa cuando empezó a disfrutar la literatura.

 

"Antes nos dejaban leer textos que no tenían nada que ver conmigo. Ninguno te hacía sentir "yo soy parte de eso". Pero ese sentimiento se dio con De Perfil, de José Agustín; por primera vez sentí que la literatura me hablaba directamente.

"Entonces quise escribir mi propia novela....Conté una historia - luchando todavía con mi pésima ortografía -, gané un concurso y me asusté muchísimo.

 

Entonces Silvia apenas tenía 17 años. Luego, al ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM descubriría, con total fascinación, la lingüística y la gramática. También escribiría importantes y valiosos libros, incluso, uno muy especial: Quiero ser la que Seré, donde narra la historia de una niña que creía que nunca sabría leer y escribir como 'Dios manda', y que por eso mismo no pensaba "en ser escritora, ni historiadora, ni maestra, ni doctora, ni enfermera, ni secretaria..."

 

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