Identidad. Construir un yo fuerte

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Autor: Francisco Prieto, novelista y maestro en comunicación.
Fuente: Ararú, No. 38, Mayo – Julio 2002
Publicado en Paso-a-Paso No. 20.4

Todo ser humano necesita ser reconocido por lo que es, de lo contrario enferma. Sucede que desde que somos muy niños no podemos sentirnos bien si no nos sentimos instalados, es decir, acogidos.

Si la persona se halla a gusto en el hogar, el concepto de casa tendrá sentido. Así, el día de mañana será ella quien busque, ilusionada, hacer su propia casa, es decir, hacer la intimidad, esa que se refleja y se refuerza en los objetos amados, en la disposición de los mismos, en la lenta construcción de un modo de vivir intransferible y propio.

Todos los niños reproducen en sus juegos lo que les da placer y displacer; seguridad y miedo. En sus juegos, buscan el sentido mismo de la vida, de su vida, que es siempre una entre otras vidas.

Al juego de lo espontáneo-emotivo sucede la necesidad de poner orden, crear una estructura que le dé el sentimiento de tener dominio sobre cuanto le pasa, de no ser dominado por las cosas.

Ahora bien, si sentirse instalado, acogido, a gusto en casa…no garantiza la seguridad habida cuenta de que el ser humano es libertad, que muchas posibilidades del ser luchan en su interior, teniendo que decidirse por opciones que impiden otras opciones pero, también, enfrentando la imposibilidad de hacer ciertas cosas, de vivir ciertas experiencias porque su cuerpo, su sensibilidad, sus determinaciones biológicas o psicológicas lo impiden -; es la base para la aceptación de sí y el rebasamiento de la frustración.

Me explico: la frustración es consustancial al ser humano. Nuestras pretensiones pueden ser infinitas pero somos seres, en esencia, limitados. Podré soñarme como un gran jugador de fútbol pero al practicar el juego, quizás se me revele que no sirvo como delantero, que soy un tanto torpe como volante, que, acaso, puedo llegar a ser un defensa aceptable pero que nunca alcanzaré el grado de desarrollo que me permita convertirme en un profesional.

Y, sin embargo, experimento una admiración y amor al fútbol que no puedo negar. Entonces, reconocer la limitación es, ciertamente, doloroso pero será asumido y superado en la medida en la que me sepa querido a pesar de no haber destacado ahí donde, en un principio, hubiera querido. Poco a poco, la vida me irá demostrando otras áreas de realización para mí y, con seguridad, ciertas habilidades en otros campos de acción.

Pero esto, que nos ha sucedido a todos en algún momento temprano de nuestra vida, es algo que se da de manera ineludible, a veces dramática, en nuestros hijos con discapacidad.

Reconocer el límite para poder superarlo

Reconocer que el campo de acción es limitado puede ser un sentimiento de condenación, un saberse encadenado. Y contra esto sólo pueden encontrarse fuerzas, si se tienen esas reservas de energía que dan la ternura, el saberse protegido pero, sobre todo, saberse amado por uno mismo. Cuando éste no es el caso, se suma una nueva discapacidad a la persona, una que, realmente, lo es: la incapacidad de salir de si, de abrirse a los otros y a lo otro, de admirar, de alegrarse con el bien ajeno.

No hay, por otra parte, escapatoria posible para quien, haga lo que haga, sabe que no puede llegar a ver, ni a oír, a moverse con libertad e ir donde se le antoje en el momento en que lo desee si no pertenece a un entorno facilitador de la vida, desarrollador de las propias potencialidades ocultas.

No hay -y es un hecho de experiencia- discapacidad que pueda ensombrecer la existencia si la persona ha recibido esa primera y fundamental bienvenida al mundo. Ese confirmar que se le quiere en el mundo que se manifiesta cuando se es visto, escuchado, atendido y puesto que uno importa, saber que se le exige como se exige, normalmente, a las personas sin discapacidad.

La necesidad de cualquier ser humano es, en principio, ser aceptado, reconocido, lo que sigue a la confianza básica de ser amado por existir. Cuestión harto difícil porque no hay una persona igual a otra. La vida, además, es movimiento y se da en el tiempo, de modo que no somos el que fuimos y no sabemos qué llegaremos a ser. Tenemos, tan sólo, una oscura consciencia de unidad, un sabemos historia, subjetividad… “Yo es otro”, escribió el poeta Arthur Rimbaud y lo que nos va haciendo este yo que soy -y no otro-es lo que los demás nos hacen sentir por cuanto piden de nosotros, creen y esperan de nosotros. 

¡ReconóceME!

Cuando una persona no ha encontrado respuestas a su yo íntimo y, por eso mismo, no ha llegado a la luz de la consciencia, puede caer en la más desesperante soledad misma que conduce a terribles patologías hasta ceder a lo que los demás han querido hacer de ella, rindiéndose a lo que no es, no puede, no quiere ser.

Creo que a todos les resultará familiar el compañero de clase que hace las payasadas y los despropósitos que los otros esperan de él para reírse a sus anchas pero que, en su intimidad, lo padece, lo resiente, lo lleva a llorar en su aislamiento en los momentos que anteceden al posible reconocimiento de una derrota que lo llevará a vivir contrapelo de sí en una permanente mala consciencia. Pues bien, esa falta de reconocimiento a lo que se es, se cree o se quiere ser, se da -en las personas con discapacidad de manera análoga, pero con un grado mayor de intensidad. En nuestros hijos la necesidad de afirmarse es mayor y si no cuentan con esa confianza básica que da el saberse amados, la inseguridad puede llevarlos a alimentar el más destructivo de los sentimientos que puede abrigar una persona: el resentimiento que se va resolviendo en odio y por tanto en destructividad, cuando a la falta de confianza se alía el ser consciente de que los demás ni saben, ni les importa, quién y cómo soy en realidad.

Si esto es más grave en nuestros hijos con discapacidad es porque ellos atribuirán cuanto les pasa a algo de lo que no son culpables, que no se debió a ellos, que no pueden arreglar por sí y desde sí. Este camino ahonda la tristeza hasta desembocar en el callejón sin salida de la depresión. La identidad se construye, en suma, por la confianza en sí que da el saberse amado y por ser reconocido por lo que se es y no por lo que los demás quieren que uno sea.

Ayúdame a encontrarme

Vivir en paz es vivir en la consecución de un proyecto de vida o vocación, que puede ser desde el construir una obra científica o poética, por ejemplo, hasta servir a los demás en un lugar cualquiera con la alegría inmensa que da el saber que los otros -de veras-  agradecen, reconocen, el valor de las tareas realizadas; la satisfacción que da saber que el pan que uno se lleva a la boca, fue ganado con la labor y que esto es motivo de que los próximos se sientan orgullosos de la existencia de uno.

Vocación, círculo de familia y círculo profesional gratificantes, conciencia de que lo decisivo es la convivencia de persona a persona, entre personas.

Curiosamente hay una discapacidad que es la más extendida en nuestra sociedad: la que corresponde a personas bien dadas físicamente, de inteligencia normal o superior, audaces y ambiciosas, exitosas, que han perdido la posibilidad de sentir y de expresar sus sentimientos, que no se compadecen, no se solidarizan, no pueden gozarse a sí mismas porque viven, sistemáticamente, usando el tiempo y no reposando en él.

La persona con discapacidad vive, necesariamente desde sí y al no poder escapar de sí, hacer la libertad que exige la persona humana es tarea de una mayor necesidad y complejidad. A este respecto es importante tener presente que las crisis de identidad en la segunda parte del siglo XX y en este siglo XXI que estamos iniciando, se deben en buena medida, a padres y maestros consentidores y demasiado complacientes. A una sociedad que ha camuflado su carencia de valores con el nombre de tolerancia; que oculta la falta de un sentido del bien y del mal, de los deberes, por tanto, de ética.

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