Sufrimiento: Un muro de lamentaciones

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Autor: Marc I. Ehrlich
Sobre el autor: Marc I. Ehrlich, Doctorado en Psicología por la Universidad de Autin, Texas, consultor en psicología y psicoterapeuta en la práctica privada. Ha dado asesoría a varias compañías mexicanas y multinacionales. Además de su trabajo como psicólogo, el Dr. Ehrlich es columnista especial para The News, el diario de habla inglesa de mayor circulación en México y es autor de varios libros y artículos.
Fuente: Revista Ararú No. 40, Nov. 02 - Ene. 03

El sufrimiento siempre trae consigo la necesidad de entender su causa. Pocas personas pueden enfrentar los problemas sin preguntarse ¿por qué? o ¿qué hubieran podido hacer para que esta situación fuera distinta?

Sufrimiento y dolor casi siempre se confunden aunque no son lo mismo. El dolor es inevitable, el sufrimiento no. Si nos pegamos en un dedo, por ejemplo, habrá dolor físico. Si una persona nos engaña, nos provoca enojo. Si nuestro hijo tiene una discapacidad añoraremos, profundamente, una vida sin ese reto. Si perdemos la confianza en un ser querido, nos invadirá la tristeza. Estas son algunas de las heridas físicas y emocionales de la vida.

Sufrir, en cambio, es una actitud frente al dolor. Quien sufre dice: "no es justo", "no me merezco esto", "no debió de haberme ocurrido", "cómo puede sucederme esto a mí que soy tan buena persona". Sufrir es gritarle a la vida nuestro dolor.

Yo sufro, tú sufres, ¿él sufre?

Se cuenta que un grupo de hombres sabios investigaban la relación entre el sufrimiento y la fe. Se preguntaban cómo Dios podía permitir tanto sufrimiento en la vida. Discutieron durante días sin llegar a un acuerdo.

De pronto, recordaron a José, un hombre pobre que vivía en las orillas del pueblo y conocía el sufrimiento de prim3era mano. Su hijo mayor había muerto en un violento accidente, su esposa permanecía en cama a causa de una enfermedad incurable y él mismo padecía una artritis muy dolorosa. Encima de todo, no podía sembrar sus tierras que por tanto, eran improductivas. A pesar de todo, su fe en Dios era inquebrantable. Por esa razón, los sabios decidieron consultarlo.

Cuando llegaron a casa de José, éste los saludó sorprendido de ver a tan distinguidas personas ante su puerta. "Pasen, pasen", les fijo. "¿A qué debo esta extraña visita?".

Los sabios explicaron su dilema. José los escuchó atentamente y en silencio. Después de un rato, les dijo: "señores, me siento honrado por su visita pero creo que vinieron muy lejos para nada. Yo no sufro".

José no sufría porque había sido bendecido con el regalo de la aceptación. No sufría porque estaba convencido de que la vida estaba llena de experiencias; algunas dolorosas pero otras muy placenteras. José no sufría porque no se entretenía en pensar si "merecía" o no lo que la vida le había dado. Su vida era así y su fe era fuerte.

Había descubierto que era poco lo que él podía hacer ante las realidades de la vida y, más específicamente, frente al dolor que tocaba a su familia. Por supuesto que, entre otras cosas, él hubiera preferido un cuerpo sano pero ése no era el caso.{mospagebreak}

De haber sabido...

Sufrimos, básicamente, por dos causas:

-Porque deseamos algo que no podemos obtener.
-Porque tenemos algo que no deseamos.

En ambos casos nos rebelamos ante nuestra experiencia de vida. La vida y nuestros deseos se sitúan en lados opuestos. Cuando se encuentran, sentimos placer. Cuando no, sentimos dolor. Sufre quien no puede aceptar, asimilar y aprender de ese dolor.

El sufrimiento es debilitante pues combina emociones intensas con el obsesivo interés de saber por qué hemos sido victimados por: Dios, la vida, las personas con las que convivimos... Nos vemos colmados de impotencia, amargura, resentimiento, desolación y una incesante necesidad de encontrar al culpable de tanto dolor. Perdemos la perspectiva y nos convencemos de que tanto sufrimiento es estéril y no tiene sentido. Gritamos: "¡no es justo!", "¿por qué yo?", y nos preguntamos si "vale la pena seguir viviendo".

Sufrir es consecuencia de centrarnos en el hubiera. Sufrimos por nuestra incapacidad de aceptar la realidad de haber recibido algo tan contrario a lo que deseamos, queremos o necesitamos. Pero todo ello tiene su raíz en nuestro ego y la vida está sujeta a una autoridad mucho más elevada. ¡Nuestros egos no tienen la más mínima oportunidad!

La buena y la mala noticia acerca del sufrimiento es que siempre sucede en el presente. Nuestras emociones no pertenecen ni al pasado ni al futuro. Podemos angustiarnos por lo que nos depara el futuro o luchar con culpa y rabia por lo que sucedió en el pasado, pero la angustia, la culpa y la rabia son sentimientos que se viven en el presente.

Primero, la mala noticia: generalmente, sufrimos por causas que no podemos cambiar o que aún no han sucedido. En ambos casos somos impotentes. No hay absolutamente nada que hacer. Intentar, obsesivamente, deshacer lo que ha ocurrido nos hace más vulnerables.

Nuestra obsesión es parte de una frenética lucha por recuperar el control de nuestras vidas. Hay que pensar, pensar, pensar porque así ocupamos nuestra mente con la ilusión de que no todo está perdido. Sin embargo, vivimos en el error. Nuestra obsesión no modificará en nada los planes que la vida tiene para nosotros.

Ahora, la buena noticia: debido a que el sufrimiento siempre ocurre en el presente tenemos acceso a la verdadera causa de nuestra congoja. El sufrimiento es una actitud de rechazo ante las cartas que nos reparte la vida. Vivir nos duele pero nosotros somos los autores del sufrimiento.{mospagebreak}

Dejar de sufrir depende de nuestra habilidad para lograr un acuerdo profundo entre nuestro ser y la vida que sólo puede surgir de la intensidad de nuestro dolor. Emociones como: enojo, tristeza, remordimiento, pesar, decepción, soledad, lástima, pena o culpa traen consigo la oportunidad de cultivar una actitud sanadora frente al dolor, si nos mantenemos lo suficientemente abiertos para entender el torbellino emocional que estamos viviendo.

Lo que nos sucede en la vida siempre tiene un significado. Cuando enfrentamos, abiertamente, nuestra experiencia, se nos revelan verdades profundas sobre nosotros mismos y nuestra existencia. El dolor es una llamada de atención hacia el significado; de hecho, es, potencialmente, una revelación. El sufrimiento es la sombra que empaña esa luz.

Es incuestionable que la fe en un poder superior amortigua el dolor. Creer que siempre hay algo provechoso en nuestras experiencias puede ayudarnos a crecer psicológica y espiritualmente; nos abre a una mejor comprensión sobre la vida. Sufre menos quien piensa que el dolor es parte de un proceso.

ComPARTE tu pena

Las personas más solitarias son las que sufren más intensamente. Quien sufre tiende a aislarse de todo aquel que puede darle consuelo. Si permitimos que el dolor nos haga un poco más vulnerables, hay una mayor oportunidad de que sanemos, cobijados por el amor de otros. Para poder sanar así, necesitamos romper las barreras naturales que nos impone el dolor, exponernos y mostrar a otro nuestro corazón. No hay mejor remedio para el sufrimiento que la bondad de otro ser humano.

Hay dolores que no se van. Los padres que tienen hijos con discapacidad, por ejemplo, pronto descubren que éste es un compromiso de 24 horas al día. La muerte de un ser querido es otro ejemplo de un dolor que nos acompaña durante nuestra vida.

El sufrimiento, sin embargo, no tiene por qué ser un compañero constante. Tendríamos que aprender a darles vacaciones a nuestra mente y espíritu. Todos necesitamos tiempo para alejarnos de los conflictos de la vida cotidiana, de los deseos de nuestro ego, de las obsesiones diarias. Todos necesitamos contemplar nuestro ser.

Sanamos, verdaderamente, cuando nos aceptamos a nosotros mismos y a nuestra vida como es, sin el deseo de que hubiera sido distinta. Este proceso requiere una actitud suave, apacible, receptiva. Estas cualidades se nos escapan en la búsqueda frenética de la perfección.

Se sana en silencio, en la nostalgia de saber perdida la ilusión de que podemos controlar lo que nos ocurrió, ocurre y ocurrirá en el futuro. No podemos obligarnos a sanar. Sanar es el premio que la vida nos da por apreciar lo que tenemos y esperar, pacientemente, lo que debe ser.

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