Salve, Maestra, Maestro

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Hay profesionales, en cambio, cuya misión y pasión es dar, donar su tiempo y sus energías a cambio de muy poco o, incluso, de nada.
 
Me van a permitir que, aunque caiga en el tópico, lo exprese.
Hay profesionales cuyo objetivo principal es recibir: dinero, poder o fama.
Me es igual. Cualquiera de esos elementos estimula su cerebro para, en definitiva, reforzar el ejercicio diario de su profesión.

Hay profesionales, en cambio, cuya misión y pasión es dar, donar su tiempo y sus energías a cambio de muy poco o, incluso, de nada. Porque su retribución es escasa dentro de la escala ordinaria de sueldos, su poder es insignificante en el entramado social, y su fama pasa desapercibida. Ese profesional tiene un nombre: maestro. Así, en palabra neutra, para que englobe lo femenino y lo masculino. Palabra que ha sido repudiada por políticos y sindicalistas, por yo que sé que resonancias. Personalmente, no conozco palabra más bella.

Digo que el maestro da; pero naturalmente, hay grados como en todas las profesiones. Hoy quiero destacar un tipo de maestros que no sólo dan sino que “se dan”, es decir, se vacían porque extraen de sí su propia naturaleza para ponerse a la altura de la persona a la que educan. Me refiero al maestro de educación especial y al que trabaja en integración. El que casi se hace ciego para enseñar al ciego; sordo para hacer oír al sordo; limitado en su conocimiento para entender mejor las dificultades que tiene el alumno con deficiencia mental para aprender. Pasa su vida desarrollando su imaginación, estimulando su creatividad, superando cada día la lógica tendencia de seguir lo trillado y rutinario, innovando soluciones, diciendo – y demostrando – que es posible avanzar donde la sociedad y sus sabios de turno han dictaminado que ya no se puede proseguir.

¿A cambio de qué? Conozco a muchos maestros de educación especial o de integración. Nunca salen en la prensa. No reciben premios, ni presentan sus proyectos a concursos. Desconocemos sus nombres. Si fracasan en algún intento, la culpa es suya; y si consiguen que su alumno alcance el objetivo, el mérito es del alumno.

Vive diariamente encarado con la dificultad, pensando en el nuevo reto que cada día le depara. Enseña pegado al terreno, en tú a tú permanente con su alumno, venciendo obstáculos, tantas veces complicados. Frecuentemente, solo y desorientado porque no encuentra la solución que le permita que su alumno supere una etapa, o porque la solución que halla es de difícil aplicación. Sus premios son pequeños triunfos que a veces, solo él los detecta: una nueva palabra, una nueva conducta aprendida después de Dios sabe cuántos intentos, un título que el alumno ha llegado a conseguir tras mil fatigas...Y a veces, simplemente, una sonrisa.

Son ya muchas las ocasiones en que, en charlas de formación, me he dirigido a maestros de educación especial o de integración y, sobre todo, a jóvenes que intentan serlo. Frecuentemente me emociono al contemplarlos desde la tarima. Su presencia, su atención, sus preocupaciones, la vida quemada que muchos ocultan, la intención que les mueve a dirigir el rumbo de su vida profesional, se me presentan como la esencia misma de la calidad de lo humano.

Veo a muchos de estos maestros ávidos de recibir información, prestos a aceptar nuevas orientaciones, deseosos de intercambiar experiencias. Me hacen comprobar que el ser humano está bien hecho. Me recuerdan que existe la belleza, la creatividad, el amor desinteresado y gratuito, la entrega a cambio de nada.

El maestro de educación especial y de integración necesita inmenso apoyo por parte de la sociedad. Su tarea es muy dura, a veces agotadora porque vive inmerso en lo arduo e incluso en lo repudiado y rechazado por los demás.

Necesita por ello más oportunidades para reciclarse, más tiempo de descanso y renovación, más personas que le valoren, le animen y, también a él le dirijan con comprensión y estima. Necesita que le reconozcan, siquiera alguna vez, no tanto en función de lo que consigue sino en función de lo que da. Y necesita, como a todos nos sucede, que nos recuerden que no lo sabemos todo, que siempre estamos en condiciones de conocer más para servir mejor.

No conozco ninguna estatua o monumento dedicado “al maestro desconocido de educación especial o de integración”. Quizá ni él mismo lo quiera y, simplemente, desee que se lo erijamos cada uno de nosotros en nuestro corazón. Porque él es quien recoge, acoge y cultiva con mimo nuestras más frágiles plantas; aquellas que, de no ser por él, serían pisadas a la vera de nuestros caminos.

 Autor: Jesús Florez
Fuente: A la vera de nuestros caminos, evocaciones sobre la discapacidad. 
Publicado en AVANCES, Junio 2002.
Publicado en Paso a Paso, Vol. 13 No. 2

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