El conductor de autobús

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No puedo decir que los utilice con frecuencia. De la Facultad a mi casa y de mi casa a la Facultad tengo un cómodo recorrido en coche que apenas dura diez minutos. 


Sin embargo, cada vez recurro más al autobús para desplazamientos dentro de la ciudad (n.e. la ciudad es Santander). Y he de confesar que el autobús me está robando el corazón. Lo comenté hace muy pocos días en casa durante la comida: “Tengo ganas de escribir una carta pública al Ayuntamiento para felicitarle por dos de sus servicios: el de autobuses urbanos y el de parques y jardines”.

 

Un servicio en sí no es nada; quienes lo revalorizan son sus operarios y ejecutores. Y me llama poderosamente la atención esa actitud casi permanente de los conductores de autobuses: su paciencia, su trato amable, su pericia para sortear coches pésimamente aparcados sin expresar ni un solo signo de enfado, sus respuestas sosegadas frente a quejas airadas y casi siempre injustas de los usuarios... y la atención que prestan a las personas con alguna forma de discapacidad o de problemas, desde mamás en cochecitos de niños a turistas despistados, desde personas con problemas motóricos a personas con discapacidad intelectual que muestran dificultad para manejar sus tarjetas en las máquinas.

 

Quizá sea el “viaje en el autobús municipal” uno de los lugares y situaciones que mejor pueden auscultar el grado y la calidad de una convivencia ciudadana. Durante muy pocos minutos se reúnen en un espacio estrecho y frecuentemente sobrecargado pesonas de todo carácter, edad, condición, humor; con sus preocupaciones y sus alegrías; con sus intereses y desinhibiciones.

 

Ahí salen enseguida los malos y los buenos modales, la capacidad para atender al vecino o preocuparse de él, la ejercitación de la paciencia, la disposición a saludar o decir una frase afable, la capacidad para contribuir a crear un clima agradable. Quizá porque a mí me concierne más, he podido comprobar un incremento constante en el respeto y la atención a personas con minusvalías. Reunida gente desconocida en este microscosmos durante un corto período de tiempo, se ponen a prueba esos pequeños signos de solidaridad humana que hacen más llevadera y fácil la incomodidas de un viaje. Pues bien, es ahí donde la actitud del conductor del autobús nos etá sirviendo de ejemplo, pro ese respeto con que de forma casi generalizada atienden a quienes más necesidad de ayuda tienen.

 

Andaba yo con estas ideas y reflexiones cuando un día por la mañana abro el ordenador y me siento golpeado por el siguiente mensaje que llegaba de otro país:

 

“Quería contarles que el miércoles 18, pasadas las 16 horas, tomé el colectivo (autobús) de la línea 12, coche 28, con mi nené con síndrome de Down (salíamos de terapia física). Antes que nosotros subió una mamá con un nené discapacitado que no tenía síndrome de Down. Ambas mostramo nuestro pase libre para circular. Cuando yo se lo mostré al colectivero (conductor) me dijo:

 

- Qué curro (estafa, fraude) esto de los discapacitados. – Y ante mi sorpresa y mi pregunta sobre a qué se refería, agregó:

 

- Claro, traes a éste – y señalaba a mi hijo – para viajar gratis.

 

“Me sentí impotente y sólo le respondí que él no entendía nada. Quería preguntarles qué tipo de denuncia o acción legal se puede hacer al respecto. Me aconsejaron hacer la denuncia al INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación), visité la página Web y habla más que nada sobre xenofobia.

 

“No quiero pasar por alto lo sucedido. La mamá del otro nené bajó enseguida (no sé si escuchó lo que pasó). Yo me sentí muy mal, no sólo por mí y por mi hijo, sino por esa mamá y ese nené. Les agradezco sugerencias”.

 

La historia atrajo a más, y ócas horas después aparecía este otro mensaje: “Yo llevaba a Lucas a la escuela y cuando me subí al colectivo y también mostré el pase (línea 33), el colectivero se sonrió. Le pregunté de qué se reía y me dijo que mi hijo podía viajar perfectamente y que así se funden las empresas, regalando pasajes!!!!”. Nuestra sensibilidad se rompe ante esa muestra de retorcida intransigencia.

 

Miren por dónde, este pequeño mundo de un viaje vivido en autobús urbano se nos convierte en termómetro que mide la temperatura de nuestra convivencia. Sin duda es un fiel reflejo del nivel de ciudadanía y de humanidad que hemos alcanzado. Para empezar, qué agradable resulta cuando el conductor, ea primera persona con la que topamos, nos atiende con solicitud y comprensión (por cierto, ¿cuántas veces le saludamos o pasamos sin más de largo?); y qué amargo cuando nos recibe con recelo y animosidad. El problema, evidentemente, no es de los conductores de autobús; es de todos nosotros cuando nos vemos frente a una persona con discapacidad intelectual: los médicos que ponemos menos interés en corregir un problema de salud porque “total, para qué”; los profesores que miramos para otro lado cuando se nos habla de incrementar nuestra creatividad y dedicación; los ciudadanos corrientes a los que nos da miedo sentarnos junto a él aunque el autobús o el avión estén llegnos y preferimos dejar vacío el asiento que está a su lado (no es invención), o los que se van de un bar cuando ven entrar un pequeño grupo, dando por supueto que no sabrán comportarse. Nos cuesta entrar en relación convivencial y franca, y nos resistimos a dejarnos acariciar por la ingenuidad y la sencillez, en permanente recelo alimentado por sabe Dios qué mitos y fábulas.

 

Pero no quiero concluir de forma negativa. Mi intención era destacar y agradecer el hermoso ejemplo de respeto y convivencia, sin discriminación alguna, que nos dan los conductores de autobús urbano de esta bella ciudad en que vivimos.

 Autor: Jesús Flórez, Catedrático de la Universidad de Cantabria, Asesor Científico, Fundación Síndrome de Down de Cantabria. Fuente: El Diario Montañés, Sábado 28 de mayo 2005

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