Tu alumno ante la discapacidad

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Autor: Jesús Flórez, Catedrático Universidad de Cantabria
Asesor Científico, Fundación Síndrome de Down de Cantabria
Fuente: El Diario Montañés – Santander, España 28/10/06
Nota: El Dr. Flórez escribe una columna periódicamente en El Diario Montañés

El artículo del mes pasado ha abierto heridas y sensibilizado intenciones. Ha llegado hasta Chile y desde ahí me contesta una madre:

 

¿Dónde está nuestro papel como familia ante un hijo que se burla de una persona que es diferente? Eso yo lo aprendí de mis padres, lo escuché de mis abuelos, el ser solidario, el respetar al que económicamente está en desventaja, el ayudar y respetar al anciano, el no sufrir por lo que no tienes....

 

Ayer una amiga me llamo muy abrumada porque su hija con síndrome de Down fue víctima de discriminación en el colegio, y ella iba a exigir que esa niña fuera expulsada del colegio. Yo le sugerí que en esto nos implicamos todos. ¿Quién falló? El niño aprende lo que vive, también está la responsabilidad del colegio, es un colegio religioso y educación en valores, no basta con entregar un reglamento, "hay que predicarlo y practicarlo", y más grave aún, me comentó que el año pasado otra niña con síndrome de Down había sido golpeada por unas compañeras. En esa oportunidad se expulsó a la "instigadora"; pero esa niña sigue por el mundo, en otro colegio y sin haber aprendido la lección, y lo más probable, con mucho resentimiento.»

 

Después Pola me comentó que a ellos también les había tocado. Su hija mayor (14 años) había sido víctima de burlas por sus compañeros de curso por un tiempo prolongado. Un día su hija explotó en llanto, le dije a Pola que fuera al colegio y conversara con la profesora, y no se habló directamente con los alumnos implicados, sino que se hicieron intervenciones programadas (en clases) por los profesores para crear conciencia, y dejando en claro cuál era la postura del colegio frente a la discriminación, burlas y exclusión .También se les habla mensualmente a los padres en las reuniones, y ha dado buenos resultados. Creo que expulsar a un alumno no soluciona nada porque ya sabemos dónde está el problema y hay que abordarlo en conjunto: familia, escuela, sociedad. Bueno sólo sé que debemos seguir trabajando y estas cosas nos hacen más fuertes.

 

Me parece que esta buena amiga mía ha dado en la diana. Si la familia es el horno en el que se alumbran inicialmente muchas de las actitudes que después mostrará el individuo, la escuela es el crisol en el que las actitudes se van modulando y transformando, bajo la influencia de fuerzas poderosas: los profesores y los compañeros. ¿Cómo puede la escuela contribuir a generar en el niño una actitud positiva y respetuosa hacia la discapacidad?

 

Quizá no esté de más cuestionar, en mayor o menor grado, algunas afirmaciones que suelen aceptarse como principios indiscutibles. Por ejemplo: las actitudes hacia las personas con discapacidad son, de entrada, negativas; las actitudes negativas son debidas a falta de experiencia, o a mala información; la persona con discapacidad tiene un pobre concepto de sí misma; las actitudes hacia la discapacidad van mejorando como consecuencia de la integración y la normalización; las personas con discapacidad y sus familias deben aprender a aceptar su realidad; quienes trabajan con personas con discapacidad poseen unas creencias y actitudes más favorables hacia ellas; las personas que se consideran progresistas son más favorables hacia la discapacidad; la actitud negativa conduce a una conducta de rechazo.

 

Cualquiera de estas afirmaciones que pueden parecer razonables, se ve confrontada con mil excepciones de la vida real, lo que demuestra que no podemos aproximarnos a comprender la formación y génesis de una actitud con una concepción simplista y generalizadora. El análisis ha de ser multidimensional. Y en él se incluye la evaluación del sujeto con su carga hereditaria o genética, su equipamiento psicológico, las influencias parentales, las experiencias previas, la comunicación social, los contextos en que se mueve, las consideraciones y convicciones éticas. Todo ello, sin embargo, no exime a la escuela de su papel crítico en la formación de una actitud. Porque de la misma manera que desempeña una influencia importantísima en el desarrollo de actitudes del alumno hacia los valores artísticos, científicos, religiosos o éticos, la tiene también en el modo de modelar su conciencia hacia las personas que son diferentes por diversas circunstancias, como es la discapacidad de diverso signo.

 

En España, el papel de la escuela en la conformación de actitudes hacia la discapacidad ha adquirido un interés creciente al hacerse obligatoria la integración -real o ficticia- porque ha obligado a que el profesorado sea el primero en definirse ante ella. No debemos igualar, sin embargo, la actitud con la realidad. Puede un maestro tener la máxima consideración hacia un alumno con discapacidad intelectual y rechazar -en forma clara o disimulada- su presencia en su clase por sentirse incapaz de atenderle convenientemente. Aceptado este hecho, tampoco podemos negar que actitudes masivamente contrarias a la integración muy poco van a transmitir a los alumnos una actitud positiva.

 

No es mi intención analizar a fondo esta situación, tal como se está desarrollando actualmente en España. El objetivo de este comentario es subrayar que, dentro de la enorme complejidad con que se genera una actitud, y dentro de los condicionantes de la actual escuela española en relación con la educación de las personas con discapacidad en régimen de integración, es responsabilidad ineludible del profesor ejercer su influencia real y poderosa, transmisora de valores, para que el alumno adquiera una actitud de aceptación y cercanía que le guíe en su vida. La cuestión está en que, para dar algo tan esencial y profundo, es preciso primero poseerlo.

 

El tema no es nada fácil, ni se arregla con simples buenas palabras. Exige por parte de los formadores poner en marcha mecanismos y estrategias de intervención cuya validez y eficacia hayan sido empíricamente contrastadas. Valdrá la pena que les prestemos mayor atención y nos extendamos algo más en su descripción.

 

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En general, los niños son seres dinámicos, quienes en forma espontánea y dada su propia actividad física y mental, son capaces de obtener del ambiente los elementos necesarios para lograr el conocimiento de ese medio y a la vez lograr su propia integración a dicho medio. Ellos se enfrentan con entusiasmo a las diferentes dificultades que tienen que ir superando en el área del lenjuage ó motora gruesa, por nombrar algunas y por selección y repetición realizan un verdadero aprendizaje. No rehusan el esfuerzo a realizar y el éxito es su mejor recompensa.

 

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