¿Cómo incorporarse en la sociedad?

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Autor: Jesús Florez
Catedrático de la Universidad de Cantabria (España)
Asesor Científico - Fundación Síndrome de Down (Cantabria)
Fuente: Enlace Down (México), Marzo-Junio 2001


Cuando se trata de formar en la autonomía a la persona con discapacidad, el buen educador no sólo habla de derechos sino también de obligaciones y deberes.
 
Estaban las tres, una madre con sus dos hijas, en el espacio cerrado de un cajero automático. Habían esperado un buen rato a la cola para poder entrar y estaban ya terminando de realizar sus operaciones, cuando oyeron unos golpes impacientes en la puerta y, tras ellas, vieron la mirada airada de una mujer que golpeaba la puerta. Acabaron rápidamente y salieron.

- Perdone, señora; éramos tres para hacer las operaciones.
- Pues basta un minuto por persona.
- Yo creo que cada uno debe usar el tiempo que necesita.

 

Se alejaron. Y según se iban oí que una de las chicas miraba a su madre con sentimiento de culpabilidad y le decía:

 

- Ya lo siento; pero esa señora no se da cuenta que yo tengo problemas y necesito más tiempo para utilizar el cajero.

 

Quien así hablaba tiene, efectivamente, discapacidad intelectual; como también su hermana que iba con ella. Y ambas se esfuerzan por aprender a utilizar y practicar los sistemas que la vida actual les ofrece, porque quieren sentirse parte de la sociedad en la que viven y mantener ese nivel de autonomía que tanto esfuerzo les ha costado conseguir.

 

Esta anécdota rigurosamente cierta testifica lo difícil que, en la práctica, resulta aceptar la diferencia y convivir con ella.

 

Esa rotundidad de la señora para decir cuánto tiempo debe utilizar cualquier persona para operar en un cajero me recuerda la impaciencia que sentimos cualquiera de nosotros en el coche ante un paso de cebra por el que camina lentamente un anciano.

 

Y es que la decisión de que debemos formar a las personas con discapacidad para que vivan integradas en la sociedad comporta varias actuaciones en los dos frentes: el de los individuos y el de la sociedad.

Unas son muy claras, y van dirigidas a educar a los individuos para que sepan utilizar los instrumentos de que se dispone en la vida ordinaria; es decir, enseñarles a desplegar sus capacidades de adaptación al ambiente en que se han de desarrollar y actuar.

 

Esto significa que han de aprender no sólo a manejar instrumentos, sino también a asumir normas de convivencia y a comportarse de acuerdo con el código de entendimiento colectivo que la sociedad ha ido estableciendo, porque así se facilita la aceptación.

 

Por eso, cuando se trata de formar en la autonomía a la persona con discapacidad, el buen educador no sólo habla de los derechos sino también de obligaciones y deberes. Tiene todo el derecho para ser aceptado y aportar sus propios valores, pero tiene también la obligación de respetar los códigos de comportamiento y de ofrecer a la sociedad el valor de su actividad y, si es posible, de su trabajo.

 

Pero este esfuerzo por incorporarse a la sociedad exige reciprocidad ya que dos no se integran si uno no quiere.

 

-La integración escolar fracasa si la escuela claudica ante las dificultades que aparecen.

 

-La integración laboral fracasa si el empresario se niega a facilitar puestos laborales adecuados.

 

-La integración social se resquebraja si reaccionamos airadamente ante la ejecución más lenta de una actividad concreta.

 

Educar para la integración de las personas con discapacidad, sea cual sea su naturaleza, exige actuar decididamente en los dos segmentos: no hay acoplamiento o enganche si ambos no acomodan sus contornos para conseguir el encaje. Para que haya sitio, primero hay que hacerlo. Y eso significa que toda la voluntad, el deseo y el esfuerzo de la persona con discapacidad por integrarse debe ir emparejada con la misma voluntad, deseo y esfuerzo de los demás por aceptarla en su seno.

 

La actuación educadora en este terreno exige mucho trabajo y constancia, y tiene un coste porque la aceptación de la diferencia no es una cualidad gratuita e innata de los seres humanos; más bien lo contrario. Quizá la experiencia histórica recientemente vivida en España sobre la integración escolar nos ha servido para enseñarnos en que grado la presión legislativa puede servir para despertar conciencias, favorecer iniciativas, estimular actitudes y conseguir auténticos resultados positivos en no pocos casos. Pero, por otra parte, en que grado ha resultado inútil cuando las personas responsables no han modificado su voluntad y se han negado, por la vía de los hechos, a admitir en sus aulas la incorporación de alumnos con discapacidad, o a atenderlos de manera efectiva.

 

¿Qué quiere decir esto?

 

Que la buena legislación puede y debe servir para señalar los problemas, despertar la intención de solucionarlos, actuar con justicia y forzar cambios de actitud. Pero esa legislación, sin cambio sustancial y personal de actitudes, no sirve para modificar nuestra visión y nuestra respuesta ante la discapacidad.

 

Esto nos lleva a considerar el compromiso que debería apremiar a los responsables de la educación: los padres y los profesores. Es en las primeras edades cuando mejor se puede generar y moldear las actitudes que después condicionarán y guiarán las ideas y las actuaciones de los adultos.

 

Educar para aceptar la diferencia, para acoger a quien menos capacidad tiene para valerse por sí mismo, se convierte en tarea urgente y apremiante porque es la base sustancial de toda cultura auténticamente humanizadora.

 

En definitiva, lo que se necesita es que ambos mundos, el de la discapacidad y el de la no discapacidad, caminen al encuentro el uno del otro con la mente y con los brazos abiertos.

 

El mundo de la discapacidad se contempla desigual y solicita actitudes y actuaciones que estén al servicio de la persona.

 

El mundo de la no discapacidad tiende a desviar su mirada porque lo desigual le perturba y descoloca. Pero debe convencerse que es función suya irrenunciable - si de verdad se considera un mundo humano - el prestar los apoyos que estén a su alcance para que las personas consigan mejor el nivel de sus habilidades de adaptación y sus capacidades funcionales, de modo que puedan aumentar su presencia en la comunidad, su grado de implicación, su consideración ante la sociedad y, consiguientemente, su participación.

 

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