Sucedió en tiempos de boda

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En estas páginas y a lo largo de 17 años he compartido momentos importantes en nuestra vida familiar. Por ejemplo, 
la primera separación que tuvimos con nuestro hijo Alberto, con necesidades especiales (plasmado en Entre huracanes y tormentas tropicales, 1996).

 La ida de nuestro hijo mayor, Nilo, a Nueva York, a empezar la universidad (Unos días de respiro...¿Madre Desnaturalizada?, 2001). La graduación de Alberto, hace muy poco (De toga y birrete)…


Hoy hablo de bodas (la de Elvira, nuestra hija mayor, en enero) y miro al futuro.

Primero, la boda: Una novia preciosa. Una ceremonia impecable. Sus dos hermanos distinguidísimos, en el cortejo. Y su papá y mamá lagrimosos y abismados viendo esos hombres y esa hermosa mujer que hemos levantado. ¿Cuándo?¿Cómo? Fueron muchos los momentos de emoción pero para efectos de este boletín, que llega a manos de tantas familias con hijos con discapacidad, familias que se preocupan incesantemente por el futuro, comento algo que puede confortar e iluminar.

En esos días inmediatos a la boda, días de tanto trajín, de presencia irregular de esta servidora en el día a día (cocina, lavandería, supervisión de duchas y cepillado), surgió como aliado fundamental nuestro hijo Nilo, quien intuitivamente manejó las necesidades especiales de su hermano de forma magistral.

Me sorprendió pues Nilo vive lejos desde hace siete años. Distante de nuestra cotidianidad. Pero como sucede cuando aprendemos a montar bicicleta, las destrezas quedan latentes y afloran cuando retomamos el manubrio.

Es así que el hermano mayor supo interpretarle los cambios al menor; anticipar los próximos acontecimientos; escucharlo atentamente; repitir las informaciones hasta comprobar la comprensión. Asegurarse que el traje formal le sentara bien. Colocarle los gemelos a los puños de la camisa. Llevarlo al barbero. Revisarle el afeitado.

Era el momento estelar de Elvira, quien requería de nuestra atención y mimos. Pero la necesidad de apoyos para Alberto seguía presente. Afortunadamente Nilo hijo, asumió la responsabilidad y llenó ese vacío…y por su propia iniciativa!

Así que los hermanos desfilaron, elegantísimos. Alberto se mantuvo tranquilo y calladito (¡) durante la ceremonia y tuvo el hombro de su hermano para llorar en un momento dado. Y Elvira…¡radiante y feliz!

Como padres, este episodio al margen de unos días de gran emotividad familiar nos infunde confianza de cara al futuro, contemplando apoyos para Alberto más allá de nuestras manos, siempre dispuestas pero no eternas.

Amiga,
Angela Couret
Caracas, Enero 2008

 

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