Familia

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Cada familia es, o debiera ser, un grupo humano que se respeta, donde cada uno tiene su espacio y encuentra los recursos para crecer y desarrollarse


. Nuestra familia nos hace sentir, o tendría que hacernos sentir, que tenemos un grupo de pertenencia y un lugar en el mundo. En familia somos, o tendríamos que ser, además de un yo irrepetible, un nosotros nutriente, fuerte y flexible.

 Pero, es un hecho que así como puede ser el recurso más importante para el crecimiento personal de cada uno de sus miembros, la familia puede, a veces, erigirse en el mayor de los obstáculos y profundizar nuestras limitaciones hasta, casi, anularnos como personas.


¿Qué es lo que hace la diferencia?

 

Las familias están hechas de personas ligadas por sus semejanzas y sus diferencias. Nos parecemos en muchas cosas porque la genética y la convivencia generan semejanzas, pero en muchas otras somos diferentes porque, aún en el mismo espacio, cada quien es una combinación única y especial y cada uno teje sus vivencias de una manera distinta. Así se va construyendo una identidad propia.

 

Convivimos, con nuestros parecidos y diferencias a partir de elecciones que decidimos o asumimos. Más allá de la genética, lo que nos une es el amor. Pero este sentimiento luminoso tiene, a veces, pasadizos y subterráneos que lo mezclan y lo ligan a otras emociones más obscuras. El miedo juega ahí un papel protagónico y si el temor empaña el amor podemos dejar de ser nutrientes para el crecimiento de los nuestros.

 

Crecer es hacer que nuestras potencialidades florezcan, transformándose en capacidades que usamos para relacionarnos de manera armónica con nosotros mismos y con los demás, de manera creativa y productiva con las cosas y con el entorno.

 

Crecer es un proceso lleno de paradojas, es hacernos fuertes reconociendo nuestras áreas vulnerables. La fortaleza no tiene sentido si no la tenemos también para controlar nuestra fuerza. Pero es más aún: es hacernos autónomos para poder construir relaciones de sana interdependencia. Es avanzar a paso firme hacia nuestras metas sin pisar a nadie en el camino, avanzar con los nuestros, porque no se trata, diría el poeta León Felipe, “de llegar primero, sino con todos y a tiempo”.

 

Crecer es profundizar en nuestros valores y en nuestros principios, radicalizarnos en el sentido profundo del término: hacernos flexibles y no rígidos e intolerantes. Pero el crecimiento tiene, además, reglas no escritas. Nadie crece realmente si lo hace a costa de otros. Postergarnos y sacrificarnos – aunque sea por nuestros hijos – es destructivo para todos. Sólo les estamos enseñando a postergarse y sacrificarse a sí mismos. Renuncia que se cobra, a la corta o a la larga.

 

Esto no quiere decir que en la convivencia con otros no debamos privarnos: de tiempo, de trabajo. Postergar algunas metas es algo que, eventualmente, todos tenemos que hacer siempre y cuando no pongamos en juego nuestro crecimiento personal. Perder la vida propia en la vida de otros, aunque sean los más cercanos, no es válido. Una de las funciones de la familia es ponernos límites sanos unos a otros.{mospagebreak}

 

Juntos pero no revueltos

 

Crecer juntos no significa crecer igual, al mismo ritmo, - ni siquiera – en el mismo sentido. Implica reconocer la diferencia y alentarla para que cada quien se sienta apoyado en sus propios proyectos.

 

La autonomía y la independencia que todos quisiéramos que nuestros hijos lograran, para volar por sí mismos, requiere, sobre todo, que sean ellos quienes definan su ruta de vuelo.

Uno de los aspectos que influyen de manera determinante en el proyecto familiar es cómo se asumen y se tratan las diferencias. Si no tenemos bien claro que lo que nos une es el amor y que éste es flexible, elástico y aceptante, buscaremos formas de identidad muy asfixiantes: fortalecer nuestros parecidos, uniformar nuestras conductas, aferrarnos a nuestras semejanzas a costa de aquellas diferencias que forman la identidad individual y que pueden ser las aportaciones importantes que nos hagan crecer como familia.

 

La identidad familiar está dada por los diferentes matices en los modos de percibir, de responder y de ser de cada uno; también, por la forma en que cada quien, y todos juntos, respondemos ante los retos que la vida nos va proponiendo.

 

Cuando una de las diferencias y de los retos que enfrentamos es la discapacidad, nuestra vida personal y familiar cambia. Las necesidades especiales de ese hijo implicarán una sobrecarga emocional, física y económica y la vida nos pone ante una encrucijada: o encontramos los subterfugios necesarios para negar la discapacidad y huir de ella, dejándole toda la carga de las necesidades especiales a aquel miembro de la familia que está dispuesto a asumirlo – aún a costa de sí mismo -, o enfrentamos el reto juntos, en familia, compartiendo y asumiendo los costos y dolores que esto implica.

Empezar a lidiar con los sentimientos que provoca la sola mención de la palabra discapacidad es muy difícil, encontrar un lugar y un sentido para esa palabra, tan lejana antes...tan presente ahora, es doloroso.

 

Nuestra relación con la discapacidad será, sobre todo al principio, una lucha sin cuartel. Pareciera que sólo venciéndola, escapando de ella, podemos reencontrarnos con el bebé amado y deseado. De modo que ocupamos en esta lucha todos nuestros recursos y energías.

 

Empezamos, entonces, a amar al bebé “a pesar de su discapacidad”, esto es, por la sonrisa, el abrazo, la respuesta que nos da a pesar de la discapacidad. Pero ese a pesar..., - pronto lo descubrimos -, es una barrera que nos separa. Parece implicar que si y sólo si, la discapacidad desapareciera, querríamos más al bebé.

 

Cerramos los ojos a su discapacidad, la toleramos para poder amarlo como un hijo y él tendrá, entonces, que hacer esfuerzos extraordinarios para recibir nuestro reconocimiento y amor. Sólo así podrá compensar su falta, lavar el grave estigma.

 

No parece justo. Amar, a pesar de, es amar a contracorriente del corazón, lo cual es un sinsentido.

 

Otra forma de relacionarnos con la discapacidad es ponerla en el centro de todas nuestras relaciones familiares. En ese caso decidimos amar al hijo por su discapacidad y condicionamos nuestro afecto a su discapacidad, como si el objeto de nuestro amor fuera compensarlo por ella.

 

El niño conseguirá el reconocimiento, los privilegios y el amor no por lo que él es, sino por sus limitaciones que, de esta manera, se vuelven su centro.

Estas dos posiciones extremas tienen algo en común: nos hacen vivir en función de la diferencia. Aceptarla, por el contrario, es integrarla, asumirla como un hecho que determina algunos aspectos de nuestra personalidad, de nuestro estilo de vida, sin ocuparla toda. Nuestros límites son diversos, pero nuestras capacidades también lo son y eso, precisamente, nos hace complementarios.{mospagebreak}

 

Aceptar para amar

 

El reto es aceptar a nuestros hijos con su discapacidad de la misma manera inclusiva en que los aceptamos con sus áreas fuertes.

 

Cuando uno ama a alguien, ama su sonrisa tal cual es; es esa y no otra la que queremos hacer brotar. La forma como los padres enfrentamos el reto de la discapacidad tiene importancia, sobre todo, porque es ahí, en ese ejemplo, donde el niño encontrará el primer espejo donde mirarse para construir su identidad. No sólo le decimos quién es sino cómo debe relacionarse con su discapacidad y con todos sus otros atributos.

 

No parto de una visión determinista. Sé que todos podemos, en algún momento, desconstruir esa primera imagen de nosotros mismos, pero también sé lo que puede costar, lo difícil que puede ser.

 

Esa visión no es un mero ejercicio conceptual, ver las cosas de una manera o de otra implica valoraciones y formas de interacción definidas. El abandono y la sobreprotección – dos caras de la misma moneda – surgen de estas conceptualizaciones, de la forma como vemos la discapacidad y el lugar que le damos en la vida de nuestros hijos así como en la valoración de nosotros mismos.

 

Aceptar significa ver primero a la persona, asumirla con su discapacidad, no como si fuera un molesto agregado, sino como una condición que determina en algunos sentidos sus formas y posibilidades de expresión. En otros, caracteriza su manera de actuar, es un ingrediente que está en la base de su personalidad y condiciona, en cierta medida, su proyecto y estilo de vida – sin determinarla – porque la discapacidad es una de las características de nuestro hijo, pero no la única, ni la más importante.

 

Sólo si vemos a nuestro hijo como una persona con una discapacidad, estaremos en disposición de verlo como una persona con muchas capacidades. No se trata de negar la discapacidad sino de reconocer a la persona.

“Lástima – dice Stefan Zweig -, no es más que la impaciencia del corazón por zafarse de la inquietud que nos produce el dolor ajeno. Es, justamente, lo contrario de la compasión, de la verdadera solidaridad que es sentir con el otro, lo cual requiere un corazón mucho más fuerte y más paciente.”

Ese corazón fuerte y paciente es producto de una decisión: frente al reto optamos por crecer.
 
Autora: Alicia Molina Fuente: Ararú, Mayo-Julio 2002 
Sobre Alicia: Es mamá de Andrés, Juan y Ana, una joven con parálisis cerebral. 
Co-fundadora de Alternativas de Comunica- ción para Necesidades Especiales AC (México) y editora de la revista "Ararú".

 

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