Familia

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Cada familia es, o debiera ser, un grupo humano que se respeta, donde cada uno tiene su espacio y encuentra los recursos para crecer y desarrollarse


. Nuestra familia nos hace sentir, o tendría que hacernos sentir, que tenemos un grupo de pertenencia y un lugar en el mundo. En familia somos, o tendríamos que ser, además de un yo irrepetible, un nosotros nutriente, fuerte y flexible.

 Pero, es un hecho que así como puede ser el recurso más importante para el crecimiento personal de cada uno de sus miembros, la familia puede, a veces, erigirse en el mayor de los obstáculos y profundizar nuestras limitaciones hasta, casi, anularnos como personas.


¿Qué es lo que hace la diferencia?

 

Las familias están hechas de personas ligadas por sus semejanzas y sus diferencias. Nos parecemos en muchas cosas porque la genética y la convivencia generan semejanzas, pero en muchas otras somos diferentes porque, aún en el mismo espacio, cada quien es una combinación única y especial y cada uno teje sus vivencias de una manera distinta. Así se va construyendo una identidad propia.

 

Convivimos, con nuestros parecidos y diferencias a partir de elecciones que decidimos o asumimos. Más allá de la genética, lo que nos une es el amor. Pero este sentimiento luminoso tiene, a veces, pasadizos y subterráneos que lo mezclan y lo ligan a otras emociones más obscuras. El miedo juega ahí un papel protagónico y si el temor empaña el amor podemos dejar de ser nutrientes para el crecimiento de los nuestros.

 

Crecer es hacer que nuestras potencialidades florezcan, transformándose en capacidades que usamos para relacionarnos de manera armónica con nosotros mismos y con los demás, de manera creativa y productiva con las cosas y con el entorno.

 

Crecer es un proceso lleno de paradojas, es hacernos fuertes reconociendo nuestras áreas vulnerables. La fortaleza no tiene sentido si no la tenemos también para controlar nuestra fuerza. Pero es más aún: es hacernos autónomos para poder construir relaciones de sana interdependencia. Es avanzar a paso firme hacia nuestras metas sin pisar a nadie en el camino, avanzar con los nuestros, porque no se trata, diría el poeta León Felipe, “de llegar primero, sino con todos y a tiempo”.

 

Crecer es profundizar en nuestros valores y en nuestros principios, radicalizarnos en el sentido profundo del término: hacernos flexibles y no rígidos e intolerantes. Pero el crecimiento tiene, además, reglas no escritas. Nadie crece realmente si lo hace a costa de otros. Postergarnos y sacrificarnos – aunque sea por nuestros hijos – es destructivo para todos. Sólo les estamos enseñando a postergarse y sacrificarse a sí mismos. Renuncia que se cobra, a la corta o a la larga.

 

Esto no quiere decir que en la convivencia con otros no debamos privarnos: de tiempo, de trabajo. Postergar algunas metas es algo que, eventualmente, todos tenemos que hacer siempre y cuando no pongamos en juego nuestro crecimiento personal. Perder la vida propia en la vida de otros, aunque sean los más cercanos, no es válido. Una de las funciones de la familia es ponernos límites sanos unos a otros.{mospagebreak}

 

Juntos pero no revueltos

 

Crecer juntos no significa crecer igual, al mismo ritmo, - ni siquiera – en el mismo sentido. Implica reconocer la diferencia y alentarla para que cada quien se sienta apoyado en sus propios proyectos.

 

La autonomía y la independencia que todos quisiéramos que nuestros hijos lograran, para volar por sí mismos, requiere, sobre todo, que sean ellos quienes definan su ruta de vuelo.

Uno de los aspectos que influyen de manera determinante en el proyecto familiar es cómo se asumen y se tratan las diferencias. Si no tenemos bien claro que lo que nos une es el amor y que éste es flexible, elástico y aceptante, buscaremos formas de identidad muy asfixiantes: fortalecer nuestros parecidos, uniformar nuestras conductas, aferrarnos a nuestras semejanzas a costa de aquellas diferencias que forman la identidad individual y que pueden ser las aportaciones importantes que nos hagan crecer como familia.

 

La identidad familiar está dada por los diferentes matices en los modos de percibir, de responder y de ser de cada uno; también, por la forma en que cada quien, y todos juntos, respondemos ante los retos que la vida nos va proponiendo.

 

Cuando una de las diferencias y de los retos que enfrentamos es la discapacidad, nuestra vida personal y familiar cambia. Las necesidades especiales de ese hijo implicarán una sobrecarga emocional, física y económica y la vida nos pone ante una encrucijada: o encontramos los subterfugios necesarios para negar la discapacidad y huir de ella, dejándole toda la carga de las necesidades especiales a aquel miembro de la familia que está dispuesto a asumirlo – aún a costa de sí mismo -, o enfrentamos el reto juntos, en familia, compartiendo y asumiendo los costos y dolores que esto implica.

Empezar a lidiar con los sentimientos que provoca la sola mención de la palabra discapacidad es muy difícil, encontrar un lugar y un sentido para esa palabra, tan lejana antes...tan presente ahora, es doloroso.

 

Nuestra relación con la discapacidad será, sobre todo al principio, una lucha sin cuartel. Pareciera que sólo venciéndola, escapando de ella, podemos reencontrarnos con el bebé amado y deseado. De modo que ocupamos en esta lucha todos nuestros recursos y energías.

 

Empezamos, entonces, a amar al bebé “a pesar de su discapacidad”, esto es, por la sonrisa, el abrazo, la respuesta que nos da a pesar de la discapacidad. Pero ese a pesar..., - pronto lo descubrimos -, es una barrera que nos separa. Parece implicar que si y sólo si, la discapacidad desapareciera, querríamos más al bebé.

 

Cerramos los ojos a su discapacidad, la toleramos para poder amarlo como un hijo y él tendrá, entonces, que hacer esfuerzos extraordinarios para recibir nuestro reconocimiento y amor. Sólo así podrá compensar su falta, lavar el grave estigma.

 

No parece justo. Amar, a pesar de, es amar a contracorriente del corazón, lo cual es un sinsentido.

 

Otra forma de relacionarnos con la discapacidad es ponerla en el centro de todas nuestras relaciones familiares. En ese caso decidimos amar al hijo por su discapacidad y condicionamos nuestro afecto a su discapacidad, como si el objeto de nuestro amor fuera compensarlo por ella.

 

El niño conseguirá el reconocimiento, los privilegios y el amor no por lo que él es, sino por sus limitaciones que, de esta manera, se vuelven su centro.

Estas dos posiciones extremas tienen algo en común: nos hacen vivir en función de la diferencia. Aceptarla, por el contrario, es integrarla, asumirla como un hecho que determina algunos aspectos de nuestra personalidad, de nuestro estilo de vida, sin ocuparla toda. Nuestros límites son diversos, pero nuestras capacidades también lo son y eso, precisamente, nos hace complementarios.{mospagebreak}

 

Aceptar para amar

 

El reto es aceptar a nuestros hijos con su discapacidad de la misma manera inclusiva en que los aceptamos con sus áreas fuertes.

 

Cuando uno ama a alguien, ama su sonrisa tal cual es; es esa y no otra la que queremos hacer brotar. La forma como los padres enfrentamos el reto de la discapacidad tiene importancia, sobre todo, porque es ahí, en ese ejemplo, donde el niño encontrará el primer espejo donde mirarse para construir su identidad. No sólo le decimos quién es sino cómo debe relacionarse con su discapacidad y con todos sus otros atributos.

 

No parto de una visión determinista. Sé que todos podemos, en algún momento, desconstruir esa primera imagen de nosotros mismos, pero también sé lo que puede costar, lo difícil que puede ser.

 

Esa visión no es un mero ejercicio conceptual, ver las cosas de una manera o de otra implica valoraciones y formas de interacción definidas. El abandono y la sobreprotección – dos caras de la misma moneda – surgen de estas conceptualizaciones, de la forma como vemos la discapacidad y el lugar que le damos en la vida de nuestros hijos así como en la valoración de nosotros mismos.

 

Aceptar significa ver primero a la persona, asumirla con su discapacidad, no como si fuera un molesto agregado, sino como una condición que determina en algunos sentidos sus formas y posibilidades de expresión. En otros, caracteriza su manera de actuar, es un ingrediente que está en la base de su personalidad y condiciona, en cierta medida, su proyecto y estilo de vida – sin determinarla – porque la discapacidad es una de las características de nuestro hijo, pero no la única, ni la más importante.

 

Sólo si vemos a nuestro hijo como una persona con una discapacidad, estaremos en disposición de verlo como una persona con muchas capacidades. No se trata de negar la discapacidad sino de reconocer a la persona.

“Lástima – dice Stefan Zweig -, no es más que la impaciencia del corazón por zafarse de la inquietud que nos produce el dolor ajeno. Es, justamente, lo contrario de la compasión, de la verdadera solidaridad que es sentir con el otro, lo cual requiere un corazón mucho más fuerte y más paciente.”

Ese corazón fuerte y paciente es producto de una decisión: frente al reto optamos por crecer.
 
Autora: Alicia Molina Fuente: Ararú, Mayo-Julio 2002 
Sobre Alicia: Es mamá de Andrés, Juan y Ana, una joven con parálisis cerebral. 
Co-fundadora de Alternativas de Comunica- ción para Necesidades Especiales AC (México) y editora de la revista "Ararú".

 

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Comprendiendo mejor el síndrome de Asperger a través de la experiencia de un niño mexicano.

Foto de niño con expresión seria

La experiencia de convivir con los niños y las niñas, nos ofrece la oportunidad de poder observar las cosas de una manera diferente. Cuando nos encontramos con un niño o una niña feliz, los grandes problemas se hacen pequeños, el tiempo no existe, cuando sonríen es tan espontáneo y contagioso, que nos alegra a tal grado que participamos de su mundo mágico.

A través de las relaciones que establecemos con los niños y niñas, aprendemos a comunicarnos con ellos de una manera diferente. Es entonces, cuando se despierta en nosotros el deseo de querer conocer más de su mundo infantil lleno de fantasías y de deseos por descubrir el por qué de las cosas y de los acontecimientos.
 
La convivencia continua con los niños, nos permite conocer su historia de vida y al hacerlo, nos damos cuenta que no todas las historias reflejan una vida feliz y exitosa. Algunos niños se tienen que enfrentar desde su nacimiento a problemas de distinta naturaleza, vinculados en algunos casos con la salud, otros con la adaptación al medio y algunos más con factores que limitarán su aprendizaje. Este tipo de niños, se tiene que enfrentar permanentemente a sus limitaciones, debiendo resolver cotidianamente obstáculos de diferente índole para poder tener relaciones sociales adecuadas que los beneficiarán en su desarrollo personal.
 
Las historias de vida de los niños con el síndrome de Asperger, pertenecen a este segundo grupo. Ellos tendrán que aprender, entre otras muchas cosas, a comunicarse adecuadamente, a interactuar con sus pares, a comprender los estados de ánimo de los demás, a manejar su impulsividad y también tendrán que aprender estrategias que posibiliten su desarrollo intelectual y afectivo.

Conociendo el síndrome de Asperger a través de un niño mexicano

Me gustaría que a través de un niño Mexicano, M., quien presenta el síndrome de Asperger y que actualmente cursa 3er. año de primaria en una escuela regular, pudieran conocer los rasgos principales de su personalidad, desarrollo y adaptación escolar.
 
Antes de conocer a M. considero pertinente hacer una breve reseña histórica del Síndrome de Asperger y posteriormente señalar algunas de las características que suelen presentar los niños que presentan este Síndrome.

El pediatra Vienés Hans Asperger describió en su tesis doctoral publicada en 1944 a un grupo de 4 niños que tenían características inusuales en cuanto a sus capacidades sociales, lingüísticas y cognitivas utilizando el término de "psicopatía autista" con el que describía las características del desorden de personalidad de los niños que estudió. Asperger muere en 198,0 poco antes de que el Síndrome que lleva su nombre obtuviera un reconocimiento internacional.

Posteriormente, en los casos observados por Lorna Wing, quien fue la primera persona en usar el término Síndrome de Asperger en un trabajo publicado en 1981, describe las características conductuales de los sujetos estudiados los cuales se parecían a las descripciones hechas por Asperger. Este trabajo le permitió a Wing señalar por primera vez las principales características clínicas del Síndrome de Asperger. Esta autora, elaboró una lista en la que señala algunos criterios diagnósticos que puntualizan las características de los sujetos con el síndrome de Asperger:

1. Interacción social inapropiada con rasgos ingenuos y unipolares. No hay empatía ni reciprocidad. La capacidad para hacer amigos se encuentra muy limitada y en algunos casos es incapaz de establecer lazos afectivos.

2. Habla: no se observa retraso en su inicio; sin embargo el contenido es extraño, pedante y estereotipado. La comunicación verbal es poca o nula. Se pueden observar voz monótona, gestos inapropiados o poca expresión facial.

3. Presentan resistencia al cambio y gusto por actividades repetitivas. Ante algunos temas u objetos se les encuentra absortos.

4. Sus movimientos o posturas son extraños y mal coordinadas. En algunas ocasiones, sus movimientos son estereotipados.

5. Presentan buena memoria de repetición, intereses especiales y muy limitados.

Escalante y Marcos (2000), señalan que la edad de aparición aproximada del Síndrome de Asperger es a los tres años. Los niños con este Síndrome empiezan a caminar tarde, pero antes empiezan a hablar. Su lenguaje se orienta a la comunicación pero se queda en "un tráfico de un solo sentido", pues no es un lenguaje recíproco. Los niños con el Síndrome de Asperger evitan tener un contacto ocular con los demás; estos niños viven en nuestro mundo, pero a su manera, presentando alteraciones en las habilidades sociales. Sin embargo, su pronóstico en este aspecto es bueno. Los niños con el Síndrome de Asperger, tienen rasgos de personalidad y de conducta muy especiales entre los que se señala un interés muy intenso en algún teme en particular.
 
Después de conocer en parte la historia del Síndrome de Asperger y sus características finalmente, conoceremos a M.

En 1998 cuando M. tenía 5 años 2 mese tuvimos nuestro primer encuentro que a continuación narraré:

En ese día de invierno, llegué, como todas las tardes, a mi salón de trabajo dispuesta a entrevistar por primera vez a una pareja que traía a su pequeño hijo. La puerta del salón se encontraba cerrada. Se respiraba un ambiente tranquilo, interrumpido por unos repiqueteos en la puerta acompañados de una voz infantil que decía: "Abran, está cerrado, abran carajo… papito (refiriéndose a él) cálmate ya vas a entrar…, ya llegué…".

Al abrir la puerta, me encontré con M. El pequeño intentaba desprenderse de las manos de su madre para poder entrar al salón y ver qué había en él. Contrastando con la impulsividad del niño, sus padres se mantenían rígidos en el umbral de la puerta, al mismo tiempo que trataban de contenerlo. 

Para los padres de M., la entrevista se desarrolló en un ambiente un poco tenso, ya que querían controlar todo el tiempo los movimientos del niño diciéndole: "No toques, siéntate, vamos a platicar…haz caso, contrólate papito, pórtate bien…".

Mientras transcurría la entrevista, M. nos ignoraba y jugueteaba con un cochecito que había encontrado al abrir un cajón. Se entretuvo por algún tiempo explorando un espacio que le ofrecía descubrir nuevos objetos. M. parecía haber encontrado un lugar donde refugiarse.
 
Les pedí a los padres de M. que lo dejaran actuar libremente mientras platicábamos, lo cual sirvió por una parte para que los padres se sintieran más relajados y, por la otra, me permitió observar la conducta del niño quien parecía no haberme visto, me ignoraba y al parecer, no le interesaba mi presencia.
 
M. es un niño que no puede pasar inadvertido, su pelo ensortijado enmarca una carita alegre cuyos ojos profundamente negros e inquietos se mueven constantemente. En algunos momentos, su mirada la percibí ausente, distante e impenetrable y el establecimiento adecuado de contacto visual fue esporádico.
 
En la primera entrevista y en las subsiguientes, observé que M. tenía muchos problemas para poder concentrarse y manejar sus impulsos. Cuando se encontraba en el área de trabajo, daba la sensación como si una ráfaga de viento hubiera entrado y empezara a mover los objetos, no había respeto a los espacios de "los otros", parecía no conocer límites y nos ignoraba. Abría y cerraba cajones, se movía de un lado a otro como si buscara algo pero sin tener un objetivo específico.

Los padres informaron que la historia personal de M. se inició con algunas complicaciones, ya que durante el período perinatal presentó sufrimiento fetal secundario a trabajo de parto prolongado al haber presentado circular de cordón. No obstante las maniobras obstétricas aplicadas, M. presentó anoxia originada por haber broncoaspirado líquido del meconio. Secundario a ello, se originó un cuadro de paro respiratorio habiendo sido necesaria la aplicación de maniobras de resucitación. M. fue atendido neurológicamente desde ese momento, ya que se presentaron dos episodios convulsivos que fueron controlados con Epamín, medicamento que fue suspendido a los tres meses de edad al no volverse a presentar crisis convulsivas.

Durante su primer mes de vida, M. permaneció veinticinco días en terapia intensiva recibiendo respiración artificial por problemas de neumotórax. Superado este período crítico, la existencia de M. transcurrió aparentemente sin problemas serios de salud. Sin embargo, las pautas de maduración en cuanto al desarrollo motor y del lenguaje se dieron con cierta lentitud, por lo que el nivel de su desarrollo general estaba ligeramente por abajo de lo esperado para su edad cronológica, pero sin llegar a ser preocupantes para los padres estas observaciones. Hasta antes de cumplir los 2 años 9 meses de edad, fue un niño risueño, afectivo e interactuaba con sus familiares sin problemas; no obstante era muy inquieto, lo cual agotaba a la madre.

Cuando cumplió los 2 años 9 meses de edad M. ingresó al "Cuarto de bebes" en un colegio particular de la ciudad de México, el cual aplica el sistema Montessori con sus alumnos del Jardín de Niños. Fue ahí donde la guía se percató de las primeras conductas atípicas de M. informando de ello a los padres del niño. El reporte de la guía, señalaba la presencia de un inconstante balanceo corporal y aislamiento del niño con respecto a sus compañeros. También les señaló que M. durante el desarrollo del trabajo que se realizaba con el grupo dentro del ambiente Montessori, no mostraba interés por los objetos que se le enseñaban. La guía lo percibía "ausente", no tenía contacto con ella. Les dijo que en algunas ocasiones, cuando estaba muy ansioso y poco tolerante, se agredía golpeándose la cabeza con la pared o en el piso. Los padres se inquietaron mucho ante los comentarios de la guía y también lo observaron en la casa, con lo cual pudieron constatar lo dicho por la guía.

En el ámbito familiar los problemas se acentuaron, ya que M., aparte de presentar las conductas anteriormente señaladas, también tenía alterado el patrón del sueño, despertándose por las noches y teniendo mucha dificultad para conciliarlo nuevamente. El trastorno en el sueño tuvo repercusiones negativas en los miembros de la familia, ya que los padres se sentían agotados y poco tolerantes. Aunado a esto, M. se encontraba muy irritable y su hiperactividad se acentuó. También aparecieron en el niño manifestaciones negativas en su conducta, reflejándose en su poca tolerancia a los ruidos fuertes, así como muestras de ansiedad, llanto e incomodidad cuando se encontraba en lugares muy concurridos. Ante estos problemas, los padres de M. se sentían muy confundidos y desorientados, por lo cual, decidieron buscar ayuda profesional. Acudieron de un profesional a otro, ya que los diagnósticos eran muy contradictorios, y ninguno determinante.

M. fue diagnosticado inicialmente por el primer neuropediatra al que acudieron como un niño con "inmadurez neurológica generalizada", posteriormente solicitaron una evaluación psicológica en la cual se le catalogó como "psicótico", otro diagnóstico más lo señaló como un niño con "déficit de atención" aunado a problemas de hiperactividad y retardo generalizado en los procesos de aprendizaje.

En la medida en que los padres solicitaban una nueva opinión, el desconcierto se incrementaba y la confusión en la que se encontraban era abrumadora. El factor que más les angustiaba en aquellos momentos, fue que M. no estaba siendo atendido adecuadamente. Ellos estaban haciendo todo lo que estaba a su alcance, pero no veían mejoría en el niño; los problemas conductuales, de sueño, de lenguaje, de adaptación y de aprendizaje se agudizaban, y ellos no sabían que hacer.

No fue sino hasta que M. cumplió los cinco años de edad cuando después de habérsele aplicado una serie de pruebas, tanto en el aspecto neurológico como en el psicopedagógico y del lenguaje, fue diagnosticado como un niño que presentaba el Síndrome de Asperger.

Como se pueden dar cuenta, diagnosticar a los niños que presentan el Síndrome de Asperger no es una cuestión sencilla. Para ello es necesario contar con un equipo de especialistas que estudien minuciosamente el caso, siendo en algunas ocasiones necesaria la medicación que ayudará a reducir los estados de angustia, hiperactividad e inclusive alteraciones en los períodos de sueño.

Al recibir los padres de M. el diagnóstico definitivo, pasaron por una etapa de negación ya que no es fácil aceptar que su hijo, por las características conductuales, de socialización y de comunicación que manifiesta, se encuentra ubicado dentro del Espectro Autista. Pasado este período de negación, finalmente los padres de M. aceptaron el diagnóstico y se abocaron a investigar las mejores propuestas de atención que había para el manejo del niño.

Sugerencias pedagógicas propuestas para lograr la integración de M. al aula regular

A continuación se dan a conocer las sugerencias que se le propusieron a la maestra de M. para lograr la integración del niño a una aula regular:

a. Conocimiento de las características del síndrome por sus pares y sensibilización del grupo donde se integró a M. El conocimiento de las características conductuales, sociales y de comunicación, les permiten a los niños con el Síndrome de Asperger integrarse con mayor facilidad al aula regular, ya que sus pares los comprenden y los ayudan en muchas ocasiones a contenerse.

b. Empleo cotidiano de un cronograma de actividades: Mediante el empleo cotidiano del cronograma, el niño con el síndrome de Asperger puede anticipar situaciones y rutinas las cuales, si se llegaran a presentar intempestivamente, podrían ocasionarle ansiedad, inseguridad e impulsividad en la ejecución del trabajo, y con ello se provocaría la aparición de conductas no adecuadas. El cronograma es una guía gráfica de los acontecimientos y acciones que el niño realizará durante el transcurso del día. Con su empleo, se puede lograr en el niño con el síndrome de Asperger una mayor flexibilidad mental, ya que él tiene la posibilidad de anticipar acontecimientos

Rivière y Martos (1996), señalan que junto a los trastornos de comunicación, de establecimiento de relaciones sociales y de imaginación, los niños autistas también presentan trastornos para encontrar el sentido a sus acciones. El niño, tiene muchas dificultades para el manejo del futuro, lo que está muy relacionado con la tesis del déficit en funciones ejecutivas.

Con el manejo del cronograma, se estimulan las funciones ejecutivas en las cuales se incluye la planificación de conductas dirigidas hacia una meta concreta, la organización del tiempo, de actividades, así como la inhibición de respuestas inapropiadas y de conductas perseverativas.

En el cronograma, se le da más sentido a las acciones por realizar. El niño tiene la oportunidad de predecir y puede percatarse con más claridad de las metas finales de su trabajo y conducta.

c. Aplicación de un lenguaje claro y preciso: Los niños con el Síndrome de Asperger tienen dificultad para entender instrucciones y órdenes complejas por lo cual, es necesario simplificarlas.

d. Empleo de claves visuales: Es de gran ayuda emplear claves visuales por medio de las cuales el niño podrá reconocer avisos, objetos, actividades y acontecimientos.

e. Flexibilidad en el manejo del ritmo de trabajo, así como en otorgar y administrar el tiempo en el momento en el que el niño con el Síndrome de Asperger da respuestas y desarrolla actividades: Los niños con el Síndrome de Asperger, manejan de una forma diferente los tiempos de ejecución de las tareas. Se sienten muy inseguros y ansiosos si se les presiona. Es necesario respetar su ritmo para no angustiarlos.

f. Prestar ayuda y apoyo en los momentos en los que el niño no pueda manejar la frustración: Cuando el niño no pueda resolver alguna situación problemática, es necesario que se le preste ayuda y se le apoye para que se sienta seguro y se eviten conductas impulsivas.

g. Reforzar y reconocer logros y conductas positivas: El niño con el Síndrome de Asperger, se siente muy feliz cuando ha logrado alcanzar un objetivo y se siente muy motivado para seguir trabajando cuando se reconocen sus logros. Es recomendable reforzar sus éxitos y conductas positivas, ya sea en forma verbal diciéndole algunas palabras de aliento o proporcionándole una caricia (cuando esto le agrade).

h. Libertad en el manejo del tiempo fuera dentro de una actividad de aprendizaje: Cuando la tarea que está desarrollando el niño le causa fatiga, y con ello momentos de ansiedad y estrés, las conductas que presentan son de impulsividad al abandonar la tarea que está realizando, además de negarse a continuar con el trabajo iniciado. Podemos deducir que los factores que intervienen para abandonar la actividad se deben a una sobrecarga sensorial, lo cual origina en el niño que tienda a desequilibrarse fácilmente ante la tarea. Se sugiere en estas ocasiones, suspender la actividad que se está realizando y continuar observando las conductas que el niño realiza para poder aplicar en otro momento actividades menos estresantes.

En el aula, cuando los períodos para desarrollar una actividad son muy prolongados, el niño tiende a pararse de su lugar y pasear libremente alrededor del aula. En las ocasiones en las que esta conducta se presente, inicialmente se puede permitir, siempre y cuando no interrumpa el trabajo que en esos momentos estén realizando sus compañeros. En el caso contrario, cuando se le obliga a continuar y a estar en su lugar, la tendencia conductual será de llanto, originándose episodios de berrinche e impulsividad. Sin embargo, la libertad de acción lo tranquilizará y posteriormente se podrá reanudar nuevamente la tarea que quedó inconclusa.

En la medida en que el niño va tomando consciencia de sus actitudes y va adquiriendo mayor control de sus impulsos, se le irán marcando límites más estrictos.

En la búsqueda de estrategias para conocer mejor a los niños y niñas con el Síndrome de Asperger y poder interactuar con ellos en el aula regular, se consideraron a las estrategias lúdicas como las más adecuadas, ya que el desarrollo de la afectividad, de la socialización, de la motricidad y del conocimiento, están estrechamente relacionadas con las actividades del juego, mediante las cuales, los niños y niñas son capaces de poner en práctica todos sus sentidos, sus habilidades y sus destrezas. Por medio del juego, pueden adaptarse a la realidad, pueden manejar sus miedos, temores, frustraciones, sus impulsos y sus sentimientos, así los niños y niñas aprenden y son felices.

A través de las estrategias lúdicas el niño con el Síndrome de Asperger:

· Mejora sus relaciones sociales: Al darle la oportunidad de desarrollar conductas que le permitan iniciar, establecer y mantener relaciones adecuadas con las personas que lo rodean e interactuar adecuadamente con ellas.
 
· Incrementan la capacidad de referencia conjunta: Al proporcionarle experiencias en donde tenga la necesidad de participar verbalmente en la planeación de eventos o actividades y en las cuales tienen que intervenir otras personas para lograr un fin determinado al tener un mismo objetivo.
 
· Desarrollan funciones comunicativas: Al darle la oportunidad de expresar sus deseos, sentimientos e ideas tratando de que lo haga en forma clara.
 
· Estimulan el lenguaje expresivo: Al propiciar situaciones adecuadas en las que el niño pueda manifestar sus emociones y sentimientos.
 
· Desarrollan el lenguaje receptivo: Al sensibilizarlo para que pueda entender tanto el lenguaje verbal como el no verbal.
 
· Al niño se le capacita para que pueda manejar adecuadamente estrategias de anticipación y planeación: Al darle la oportunidad de conocer eventos y acontecimientos en donde puede anticipar consecuencias.
 
· Mejora la flexibilidad de su pensamiento: Al proporcionarle estrategias para que sea capaz de adaptarse a situaciones nuevas sin angustiarse.
 
· Estimula la ficción o imaginación: Al invitarlo a participar en juegos de ficción e imaginación representando a diferentes personajes.
 
· Incrementa su capacidad de imitación: Al enseñarle estrategias con las cuales sea capaz de imitar conductas, actitudes, forma de comunicarse y expresarse.

Mediante la aplicación de las estrategias lúdicas trabajadas durante el año escolar, M. pudo entender comportamientos no verbales, estableció relaciones sociales adecuadas con sus pares y pudo acceder a la apropiación de conocimientos lingüísticos, matemáticos y los relacionados con el medio ambiente y la salud.
 
Actualmente, M. es feliz al cursar 3er. año de primaria en una aula regular en donde aprende, ríe y juega como los demás niños de su misma edad.

Autora: Crisanta Cruz González de Escalante
Especialista en Problemas de Aprendizaje y lenguaje.
Maestría en Psicodiagnóstico.
México 2004

Referencias:
 
Escalante, C. y Marcos, E. (2000). Síndrome de Asperger, programa de intervención para
la educación sexual del adolescente. México, UDLA.

Rivière, A. Y Martos, J. (1997). El tratamiento del autismo: nuevas perspectivas. Madrid, 

Artegraf.

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