Hablemos de autonomía

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La responsabilidad de los progenitores: pieza clave a la hora de elaborar un plan de autonomía

 

 

 

 

La responsabilidad de los progenitores: pieza clave a la hora de elaborar un plan de autonomía

 

 
Hablar de autonomía no es algo sencillo. Actuar para conseguir la autonomía es aún más difícil, sobre todo, desde la posición de padres; por eso, releer y rememomar algunas reglas y pasos básicos a la hora de actuar con nuestros hijos es una cuestión vital si nuestro objetivo es la tan deseada autonomía.
 
Vamos a retomar un poco el concepto y a explicar de forma más práctica la función de los padres en el desarrollo de la autonomía de sus hijos.
Recordemos que hemos de observar a nuestros hijos desde dos puntos de vista, siempre coordinados:

 

En primer lugar, tener en cuenta lo que hace la mayoría de los niños de su misma edad. Por ejemplo, si el niño tiene un año ¿Qué es lo que define a la generalidad de los niños de esa edad en relación con la autonomía?...
Estas acciones las distinguiremos por haber observado a otros niños de esa misma edad, o porque tenemos otros hijos, o hemos comentado con algunos padres lo que hacen los suyos, etc.

 

Con toda esta información, comparamos los que nuestro hijo hace con lo que hacen los demás. Pero no comparamos a un niño con otro, sino a nuestro hijo con varios de su misma edad y no comparamos para decir "todos los niños lo hacen y el mío no", sino para tener una idea de lo que nuestro hijo podría hacer, o debería hacer o sería bueno comenzar a hacer.

 

Lo que llevan a cabo otros niños, lo que otros padres nos comentan sobre como han conseguido que sus hijos realicen tales acciones concretas, nos sirve como referencia para nuestras propias acciones, para nuestro propio comportamiento.

 

En segundo lugar, hay que tener en cuenta las características individuales e irrepetibles de cada niño: su propia capacidad, su temperamento, carácter y personalidad, sus condiciones físicas, el estilo y la forma que tiene para ir logrando los diferentes aprendizajes, etc.

 

Y junto a estas características individuales, que podríamos denominar internas, encontramos otras que llamaríamos externas que condicionan enormemente los aprendizajes sobre autonomía, tanto que en ocasiones son más importantes que las propias capacidades o discapacidades del niño.
Estas serán las actitudes, las ideas o las creencias que tienen los padres sobre los temas referidos a la autonomía: si creen que es un valor importante a conseguir; si creen que su hijo va a ser capaz de alcanzar con él ciertas actividades para conseguirlas, etc.

 

También es importante si cuenta o no con más hermanos y si el resto de la familia (tíos, primos, abuelos, hermanos...) contribuye o no a favorecerla. Un ejemplo: Vamos a suponer que un niño con Síndrome de Down tiene 10 años, ha formado parte de los programas de atención temprana, ha recibido apoyo a nivel de lenguaje y está escolarizado correctamente, bien sea en un centro de integración o en un centro de educación especializada.
 
A nivel interno o por sus características propias, posee las bases para poder desarrollar un comportamiento autónomo: Comprensión y expresión adecuada del lenguaje y correcta motricidad.

 

Tendríamos que reflexionar entonces sobre ¿Qué es lo que hacen la mayoría de los niños a de 10 años, a nivel de autonomía?... y comparar (estas actividades) con las que nuestro hijo hace.

 

A continuación nos preguntaríamos: ¿Quiero yo que mi hijo vaya consiguiendo realizar estas acciones? ¿Considero que son importantes para su propio desarrollo personal? ¿Creo que va a ser capaz de conseguirlo? ¿Estoy dispuesto a poner todo mi empeño, mi tiempo y mi esfuerzo para lograrlo?

Después deberíamos contar con el resto de la familia, si es posible. El apoyo y el valor que adquieren los pequeños logros tienen de esta forma un mayor significado.

 

Y por último, deberíamos charlar con otros padres, con los profesores de nuestros hijos, con otros adultos que interactúan con ellos, poniendo en común las diversas acciones y aprendiendo de la práctica conjunta.
Una vez hecho todo esto, es el momento de ponernos a trabajar con los chicos.

 

Sin embargo, ya metidos en la práctica, hemos de tener en cuenta otro tipo de consideraciones importantes o "leyes psicológicas de desarrollo".
Los niños y niñas aprenden lentamente, es necesario por tanto repetir las actividades todas las veces que sea necesario, hasta conseguir el objetivo deseado.

 

Muchas de las cosas que nosotros como padres queremos que aprendan los niños, no resultan nada atractivas para ellos: Hacer su cama, recoger la ropa sucia, etc. También a nosotros, en ocasiones, nos resultará más cómodo hacerlo por ellos: Vestirles en un momento, hablar por ellos, acompañarles en todas las actividades y por la calle, no sea que se pierdan, etc.

 

Los chicos se hacen cómodos y nosotros también: "No tengo paciencia, o no tengo tiempo, se lo he enseñado muchas veces y no lo aprende", etc.
Todas las personas, tanto los niños como los adultos, aprendemos conductas nuevas: por imitación, por repetición, en pasos sucesivos.

 

Esto quiere decir que: primero les hemos de mostrar cual es la conducta que deseamos que aprendan; después, la practicamos con ellos, la repetimos todas las veces necesarias hasta que la realicen correctamente y entonces es cuando retiramos nuestra ayuda y ya les dejamos que la hagan solos.

 

En todo momento y en los diferentes pasos de la ejecución, valoramos positivamente el esfuerzo realizado o el empeño que han puesto, aunque no lo hayan conseguido y por supuesto, cuando ya realizan las conductas correctamente, diciéndoles lo contentos que nos sentimos por lo mayores que se están haciendo y por lo bien que lo han hecho.

 

Hemos de vigilar, igualmente, que una vez conseguida la conducta deseada, ésta se repita con la suficiente asiduidad como para que se haga habitual en el repertorio de conductas y acabe practicándose de una manera automática.
 
Autora: Rosa Maestre, Psicóloga
Fuente: Tomado de Madrigal 4, Dic. 94. Publicado en Avances, Ago. 95 
Versión resumida publicada en el Paso-a-Paso Vol.6.2

 

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 La experiencia de convivir con los niños y las niñas, nos ofrece la oportunidad de poder observar las cosas de una manera diferente. Cuando nos encontramos con un niño o una niña feliz, los grandes problemas se hacen pequeños, el tiempo no existe, cuando sonríen es tan espontáneo y contagioso, que nos alegra a tal grado que participamos de su mundo mágico.

 
En general, los niños son seres dinámicos, quienes en forma espontánea y dada su propia actividad física y mental, son capaces de obtener del ambiente los elementos necesarios para lograr el conocimiento de ese medio y a la vez lograr su propia integración a dicho medio. Ellos se enfrentan con entusiasmo a las diferentes dificultades que tienen que ir superando en el área del lenjuage ó motora gruesa, por nombrar algunas y por selección y repetición realizan un verdadero aprendizaje. No rehusan el esfuerzo a realizar y el éxito es su mejor recompensa.

 

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